La profusión de atentados en las altas esferas de la vida política serbia suscita, por lógica, cierta perplejidad entre nosotros. El que más y el que menos se siente sorprendido ante la enorme diversidad de las explicaciones –reyertas entre grupos mafiosos, avatares políticos convencionales, presuntas relaciones con el trabajo del tribunal de La Haya– que se aducen al respecto.

Para penetrar en un mundo tan oscuro como el que nos ocupa acaso no hay mejor instrumento que el recordatorio de las ingentes semejanzas que existen entre el capitalismo mafioso omnipresente en Serbia y su homólogo desplegado, con fortaleza no menos singular, en la Rusia yeltsiniana. Y es que dos son las características de este último que reaparecen, en una reproducción clónica, en la Serbia de Milosevic. La primera hace referencia a su condición no precisamente marginal en términos económicos: en los dos casos las mafias parecen controlar el núcleo estructural de la economía. Sopésese que el gobierno ruso ha señalado en varias oportunidades que los circuitos mafiosos controlan nada menos que entre un 40 y un 60% de las transacciones comerciales, además de los principales bancos. La inferencia generalizada entre los especialistas permite concluir que el fenómeno ha adquirido en Serbia una hondura aún mayor.

El segundo rasgo de relieve lo aporta el hecho de que el desarrollo de esas dos mafias resulta literalmente inconcebible sin un grado significado de relación con el poder político. No nos encontramos, en otras palabras, ante circuitos sometidos a un hostigamiento policial permanente: las redes mafiosas respectivas se hallan estrechamente vinculadas, antes bien, con la cúpula del Estado en todos sus estamentos (como lo testimonia, sin ir más lejos, la relación del asesinado ministro de Defensa yugoslavo, Pavle Bulatovic, con el contrabando montenegrino).

Para que nada falte, en fin, y a manera de ratificación de la proximidad entre los capitalismos mafiosos ruso y serbio, es menester agregar que los circuitos correspondientes parecen mantener una sólida relación material. A menudo se ha sugerido al respecto, por añadidura, que los vínculos entre unos y otros se han producido en un particularísimo espacio geográfico: la parte griega de la isla de Chipre.

Claro que a todo lo anterior hay que agregar alguna observación más que contribuye a singularizar –y a hacerlo negativamente– el capitalismo salvaje imperante en Serbia. Parece fuera de discusión que al menos dos elementos han operado en este sentido de manera decisiva. El primero no es sino la prolongada dinámica de guerra –Croacia, Bosnia, Kosovo–, con los negocios adyacentes y un incremento sustancial de las posibilidades de acción violenta. La dinámica invocada se ha hecho tanto más consistente cuanto que en Serbia han campado por sus respetos un sinfín de unidades paramilitares, circunstancia que no tiene parangón, dicho sea de paso, en la Rusia yeltsiniana.

El otro elemento singularizador del capitalismo mafioso serbio lo ha ofrecido el embargo económico internacional, que con su prolongación en el tiempo, y no sin paradoja, se ha convertido en instrumento decisivo en la consolidación de una esplendorosa economía subterránea. El embargo –que de nuevo dibuja una diferencia fundamental con respecto a lo ocurrido en Rusia– ha facilitado, por lo demás, un formidable expolio del sector estatal de la economía desplegado en un escenario en el que no se ha hecho valer ningún tipo de competición externa, lo cual ha redundado en provecho, a buen seguro, de las elites autóctonas.

La singularísima acumulación de circunstancias que acabamos de invocar ilustra, mal que bien, por qué es obligado echar mano de una batería tan amplia de explicaciones para dar cuenta de asesinatos como los perpetrados en Belgrado en las personas de 'Arkan', en enero, y de Bulatovic, hace unos días. Personajes como los mencionados estaban presuntamente inmersos en ámbitos en apariencia tan dispares –y en realidad tan relacionados– como el de las reyertas entre los circuitos mafiosos, el de las disputas políticas al uso –ahí está la trifulca entre las autoridades serbias y las montenegrinas– y el de las presuntas responsabilidades evaluables por el tribunal de La Haya.

No deja de tener su gracia que, con argumento no exento de prosaica racionalidad, la fiscal del tribunal que tiene su sede en la ciudad holandesa, Carla del Ponte, haya tenido a bien aconsejar a algunos de los prebostes políticos serbios que busquen refugio en La Haya, donde sus vidas, al menos, están garantizadas. Hay quien se consuela, por lo demás, pensando que al amparo de la oleada de asesinatos de las últimas semanas bien podemos encontrarnos ante los estertores del régimen de Milosevic. Muy optimista se antoja semejante visión de las cosas, tanto más cuanto que a la oposición serbia no se le ve por lado alguno.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 2000; © Bakeaz, 2000.
Publicado en El Correo, 11 de febrero de 2000.

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