Lo que desde semanas atrás ocurre en Macedonia ha pasado a ocupar un lugar marginal en las páginas de nuestros periódicos. Parece como si, superada la sorpresa inicial de los combates de marzo, se hubiese dado por zanjado un conflicto que, con toda evidencia, conserva una singular intensidad y a duras penas conduce a un final cercano. La crisis se halla enquistada, y ello por mucho que de por medio no falten las noticias que dan cuenta de retiradas de efectivos o aparentes acuerdos de alto el fuego.

Para explicar la situación de estas horas lo primero que se impone es subrayar que en la guerrilla albanesa siguen imperando, y con contundencia, posiciones poco propicias a la negociación. Los dirigentes de aquélla tienen buenos motivos para saber, claro, que en los Balcanes occidentales de los últimos años la presión militar ha servido, mal que bien, para dar satisfacción a muchos objetivos. No es sencillo calibrar, por lo demás, si hay que dar crédito a las demandas, sobre el papel moderadas, que han formulado los líderes guerrilleros. Detrás de la reivindicación de una federalización de Macedonia que reconozca a la minoría albanesa mayores derechos que los que hoy son los suyos, hay muchos analistas que estiman que se esconde un proyecto mucho más ambicioso en el que la propia idea de la secesión en modo alguno sería descartable. Aunque tal vez se trata de algo mucho más simple: la filosofía de los dirigentes guerrilleros se halla menos inspirada por la lógica de los estados –lo de la gran Albania es, en particular, un socorrido mito periodístico– que por un sistema de clanes que sabe poco de aquéllos y de sus fronteras.

En otra dimensión, la acción de la guerrilla ha acabado por colocar en situación delicada a los dos principales partidos albanomacedonios. Uno y otro se han integrado, bien que a regañadientes, en el gobierno de gran coalición gestado en mayo en Skopje. De resultas, han tomado posición, al menos formalmente, contra la guerrilla. El efecto mayor de esta circunstancia ha sido, probablemente, una notable quiebra en los apoyos que esas fuerzas políticas recibían en la comunidad albanesa, cada vez más inclinada a invocar lecturas radicales a la hora de explicar su situación de histórica marginación y discriminación. En el mejor de los casos los albaneses se hallan divididos entre los partidarios de la violencia, que no parecen ser pocos, y los inclinados a mantener su apoyo a los partidos que nos ocupan. Esta división no ha dejado de provocar insoportables vaivenes en el comportamiento de los dirigentes políticos, que hace bien poco han buscado en Prizren, en Kosovo, una efímera aproximación a la guerrilla. Así las cosas, en modo alguno cabe descartar horizontes que acarrearían cambios tan notorios como los vinculados con una catástrofe electoral para los dos principales partidos albaneses o, por el contrario, con un bandazo de estos últimos en provecho de una alianza sólida con la guerrilla.

La posición de la resistencia militar albanesa algún respaldo encuentra en la cerrazón con que la mayoría de las fuerzas políticas eslavomacedonias han encarado la crisis. Por detrás de su cierre de filas se siguen apreciando los problemas de gestación de un discurso nacional en un país que en los últimos diez años ha sido pieza codiciada para algunos de los Estados foráneos. Amparadas en la impresentable condición violenta de la guerrilla, las fuerzas políticas que nos ocupan han dado pocos pasos para arrinconar viejos vicios y marginaciones atávicas. Aunque la presión internacional ha permitido que viesen la luz algunas declaraciones de tono conciliador, lo cierto es que la práctica política imperante sigue asentándose en un cuento de hadas: a los ojos de los portavoces de los partidos eslavos, Macedonia es un paraíso étnico en el que no hay problema alguno, de tal suerte que sólo la insania de los radicales albanokosovares –gentes, no se olvide, venidas de fuera– ha venido a perturbar tan idílico escenario. El cuento de hadas que acabamos de invocar se ve rápidamente desmentido, no sólo en virtud de la certificación de que la minoría albanesa padece problemas sin cuento: las propias declaraciones, impregnadas a menudo de montaraz xenofobia, de muchos dirigentes eslavomacedonios contribuyen a fortalecer la imagen de un lugar en el que el alineamiento étnico y la intolerancia priman por doquier.

Con un panorama como el que someramente acabamos de describir, es obligado convenir que las presiones externas lo tienen difícil. Y eso que en este caso, a diferencia de lo ocurrido en países muy próximos, no puede decirse que la reacción haya sido tardía. Sí que puede aducirse, en cambio, que se ha visto marcada mucho más por las contingencias derivadas de los equilibrios regionales –los efectos, para entendernos, del cambio de gobierno en Serbia– que por un análisis mesurado de lo que ocurre en la propia Macedonia. Y es que, a poco que se sopesen los hechos, se impone por fuerza la impresión de que el gobierno de Skopje es hoy el aliado que merece respaldo y concesiones, de tal suerte que, como mucho, se le demandan algunos esfuerzos de conciliación y se le reclama un comportamiento militar moderado.

Pese a lo que se ha hecho común en las reflexiones de tantos analistas, no sobran los argumentos para concluir que son las potencias occidentales –o al menos alguna de ellas– las responsables principales de la deriva de la guerrilla albanesa. Aunque es verdad que el desarme de ésta en Kosovo fue parcial –como lo ha sido el de todas las unidades militares y paramilitares en la antigua Yugoslavia– y que se ha cerrado los ojos ante los evidentes excesos de muchos de los miembros de aquélla, no hay ninguna razón sólida que invite a concluir que, dado el nuevo tablero en los Balcanes occidentales, existe una apuesta en favor de una franca desestabilización de Macedonia. La crisis de estas horas ilustra bien a las claras, de cualquier modo, algo que ya sabíamos: detrás de las intervenciones militares foráneas y de los subsiguientes, e impuestos, acuerdos de paz pervive un sinfín de problemas –inmorales privatizaciones, ingente pobreza, marginaciones históricas– que apenas parecen interesar a nadie.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 20 de junio de 2001.

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