El verano ha sido pródigo en noticias en lo que respecta al escudo antimisiles estadounidense. La últimas de ellas da cuenta del designio norteamericano de permitir que China acreciente su arsenal nuclear y, llegado el caso, reanude sus pruebas nucleares subterráneas. Este hecho viene a demostrar, por un lado, que para el presidente Bush el escudo antimisiles es una prioridad que arrincona todo lo demás, y revela, por el otro, que la alianza que Moscú y Pekín han empezado a trabar no preocupa en demasía en Washington. Tal alianza configura, sin embargo, una materia de constante reflexión en los medios de comunicación, en los que a menudo se aprecia cierta nostalgia por un tiempo pasado en el que las tensiones adquirían una consistente y atractiva dimensión planetaria.
La política norteamericana se antoja, de cualquier modo, el único estímulo sólido que puede invocar en su provecho la alianza que nos ocupa. La diplomacia estadounidense ha ido ganando en agresividad en los últimos meses, en los que, conforme a una visión muy extendida, el presidente Bush ha optado por colocar a cada cual en el lugar que se merece y no se ha parado en mientes a la hora de cancelar los miramientos con que su antecesor habría obsequiado a países como Rusia y China. Los signos más rotundos de esta emergente percepción de las relaciones internacionales los aportarían el propósito de someter a la OTAN a una nueva ampliación y el ya mencionado escudo antimisiles.
Aunque, como es sabido, los programas de defensa estratégica de Bush han suscitado una franca hostilidad tanto en Rusia como en China, parece fuera de discusión que el primero de estos países ha acabado por adaptarse al nuevo escenario que prefiguran, de tal suerte que el presidente Putin se ha inclinado, sin más, por hacer de la necesidad virtud. La reacción china, menos flemática, responde a una situación distinta de la rusa. Al fin y al cabo, Pekín cuenta con un número de cabezas nucleares sensiblemente menor que el de Moscú, circunstancia que por sí sola convierte su posición en mucho más vulnerable. Por si ello no fuese suficiente, China se halla enfrentada con Estados Unidos de resultas del contencioso de Taiwán y vislumbra sin esfuerzo las orejas del lobo.
Pese a lo anterior, lo más razonable es augurar que la alianza ruso-china no es fácil que dé para mucho. Nadie se atreverá a negar, eso sí, que acarrea un cambio sustancial con respecto a lo que fue el tono de las relaciones bilaterales en el pasado. Con frecuencia se olvida, sin ir más lejos, que una buena parte de los arsenales soviéticos de antaño no tenían como cometido replicar la amenaza que suponían Estados Unidos y su bloque, sino, antes bien, mantener a raya a China. Justo es reconocer que desde los años de la ‘perestroika’ los dos países han dado pasos sensibles en la normalización de sus relaciones en un marco de general confianza.
Pero cuando las cumbres se repiten y se barrunta una histriónica necesidad de escenificar abrazos y acuerdos, lo suyo es mostrar algún recelo al respecto y escudriñar lo que hay en la trastienda. Y en este caso el recelo parece plenamente justificado por efecto de un puñado de hechos que siguen empañando las relaciones entre Moscú y Pekín. El primero de ellos lo aporta la enorme debilidad de unas relaciones comerciales que, pese a los esfuerzos realizados, no levantan el vuelo, circunstancia tanto más llamativa cuanto que las dos economías son razonablemente complementarias. Por detrás despunta, también, una soterrada disputa demográfica que hoy por hoy se traduce en una política, la rusa, francamente decidida a imponer trabas a la emigración china. Téngase presente que Siberia, una región casi despoblada, es pieza codiciada para muchos emigrantes chinos, horizonte que suscita en Moscú un apenas oculto temor a que, de abrirse una frontera en la que, por añadidura, perduran algunas disputas, los ciudadanos del país del sur se conviertan en clara mayoría de la población.
Por citar otro baldón que marca poderosamente la relación bilateral, conviene recordar que Rusia, que le vende a Pekín armas a mansalva, no parece nada propicia, sin embargo, a compartir con China alta tecnología en el terreno militar. Significativo es al respecto que Putin haya declarado en julio días que entre sus objetivos no se cuenta en modo alguno el de perfilar una respuesta conjunta al escudo antimisiles norteamericano.
Los problemas que acabamos de mencionar invitan a colegir que los legados del pasado son más importantes de lo que parece y están llamados a enfangar una relación que no es tan plácida como lo anunciaban, días atrás, los oropeles de los comunicados oficiales en Moscú. Por si ello poco fuese, Rusia se halla, mal que le pese, claramente entrampada en las redes de intereses del mundo occidental y es más que improbable que, puesta en el brete de elegir entre su recién nacida alianza con China y una mantenida colaboración con Estados Unidos y sus aliados, se apreste a inclinarse por la primera. Claro es que si Washington sigue en sus trece y el presidente Bush no refrena sus impulsos más biológicos, bueno será que nos preparemos para escenarios que en otras circunstancias vincularíamos con la ciencia ficción más imaginativa.
Carlos Taibo es director del programa de estudios rusos de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 9 de septiembre de 2001.