Cuesta trabajo ponerse a escribir sobre acontecimientos tan infaustos como los que han marcado las últimas horas. En este caso, y por añadidura, ni siquiera puede invocarse el relativo reposo de los hechos para justificar reflexiones que, por fuerza, son precipitadas. Aunque aquello de lo que voy a hablar tiene un relieve menor en comparación con el horror que ha asediado a Nueva York y a Washington, algo hay que decir, me temo, del desgraciado tratamiento mediático que lo ocurrido ha suscitado entre nosotros.
Y al respecto lo primero que se impone es recordar que desde la tarde de autos han sido muchos los que, sin cautela alguna, han dado por supuesta la autoría de los hechos que nos ocupan. No sólo eso: aparte de los nombres que siempre se esgrimen en estos casos –el de Bin Laden en lugar prominente–, se ha apuntado con singular osadía el del algún gobierno, y ello hasta el punto de que no ha faltado el analista avezado que ha tenido a bien hablar de terrorismo de Estado para referirse al comportamiento atribuido a las autoridades afganas. Como si no hubiese entre nuestros amigos ejemplos granados de gobiernos que se han ganado a pulso semejante calificación.
Pocos son, en segundo lugar, los que han optado por recordar, jugándose el pellejo, que lo que desgraciadamente han vivido los neoyorquinos en las últimas horas es lo que llevan años padeciendo, día sí y día también, en medio de la desidia informativa y del lamento condescendiente, los atribulados habitantes de la franja de Gaza y de Cisjordania. Si a nadie deben sorprender las imágenes de alegría que las cámaras de televisión han retratado en las callejas de Jerusalén, bueno será que guardemos las distancias con respecto a quienes, con su concurso, lo encuentran todo tan sencillo cuando llega el momento de identificar al enemigo.
En las últimas horas han menudeado, en tercer lugar, los pronósticos relativos a un apocalíptico crecimiento del terrorismo internacional en sus formas más insanas y asesinas. Nadie en su sano juicio se atreverá a cerrar los oídos ante semejantes pronósticos, que acaso, y por desgracia, no van desencaminados. Pero sorprende que el ejercicio que nos ocupa rara vez se vea acompañado de otro, como poco tan urgente, orientado a calibrar en qué medida las respuestas norteamericanas que se barruntan no están llamadas a ser sino un estímulo más para el mismo terror.
Porque, habida cuenta de la condición del hombre que encabeza hoy la Casa Blanca, hay pocos motivos para concluir que esquivará la poderosa tentación de huir hacia adelante. Y muchos, en cambio, para reconocer en Bush una dramática incapacidad de raciocinio. No cabe esperar, en otras palabras, que recapacite sobre lo que ocurre en tantos rincones del planeta anegados en la miseria, que procure sin prejuicios el camino del diálogo, que rehúya poderosos espasmos etnocéntricos y que comprenda –acatemos ahora el sino de la explicación fundamental que se le ha dado a los crímenes de Nueva York y de Washington– que la demonización acrítica del Islam a la que se han entregado tantos oráculos es una parte, y fundamental, del problema. Como lo es, claro, el asesino compulsivo que desde hace unos meses encabeza el Estado de Israel con la comprensión magnánima, como siempre, de Estados Unidos.
Parece que soplan malos tiempos. Si hay que guiarse por las declaraciones de uno de nuestros máximos responsables políticos, ésta es la oportunidad de colocar en el mismo carro a todos los que disienten. Por mentira que parezca, el personaje en cuestión no ha dudado en cargar contra los movimientos hostiles a la globalización neoliberal, como si algo tuviesen que ver con los hechos desgraciados que hoy nos ocupan. Rizando el rizo, y a manera de palmaria demostración de cuál es la patética condición intelectual de alguno de nuestros gobernantes, nuestro personaje se ha permitido defender a capa y espada el impresentable escudo antimisiles que Bush está empeñado en desplegar. Como si hubiese proporcionado alguna defensa frente a un atentado como el de las ‘Torres Gemelas’.
Hablar, como con frecuencia se ha hecho en las últimas horas, de una inminente tercera guerra mundial es llevar las cosas demasiado lejos. Aunque habrá quien se sienta tentado de replicar que en la brumosa gestación de aquélla no sólo está poniendo su esfuerzo un puñado de asesinos desbocados: parece que no falta quien, con aterradora previsión, está preparando el terreno para la demonización de toda disidencia. No parece que, entre unos y otros, sea muy halagüeño el camino que nos espera.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.
© Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001. Publicado en El Correo, 13 de septiembre de 2001.