Los tremendos acontecimientos que se están viviendo estos días y su rapidez dificultan los análisis. Estamos sobrecogidos no sólo por lo que vemos, sino, sobre todo, por lo que imaginamos, y nos afloran sentimientos que no somos capaces de ordenar adecuadamente, con el riesgo de que la serenidad y la razón, tan necesarias en momentos como éste, dejen paso a la rabia y el odio. Pero precisamente por todo ello, es el tiempo de las palabras, de los argumentos y de la serenidad frente a tanto horror, tanta barbarie y tanta destrucción. Aunque tardaremos en conocer el coste en vidas humanas de los atentados de Nueva York y Washington, a estas alturas nadie duda de que han tenido su máxima eficacia simbólica. Retransmitidos en directo por todo el mundo, han sido dirigidos contra el epicentro del poder político, económico y militar de la primera potencia mundial, un país que destinaba 2 billones de pesetas al año a la lucha contra el terrorismo y otros 60 billones a gastos militares. Tanto gasto se ha demostrado ineficaz. Y no son sólo edificios lo que se han derrumbado estos días, sino otros muchos valores y principios que posiblemente van a cambiar de forma radical.

Uno de ellos es precisamente el de la misma seguridad. Empeñado como estaba el presidente Bush en un fabuloso incremento del presupuesto militar y en la puesta en marcha de su escudo antimisiles, parece que descuidaba aspectos mucho más cruciales y sencillos. No hay duda de que Estados Unidos y seguramente todos los países occidentales van a aumentar las partidas relacionadas con la seguridad, a costa sin duda de un ya adelgazado Estado del bienestar. Los ciudadanos deberán saber el sacrificio que les va a suponer esta reorientación de prioridades y decidir hasta dónde están dispuestos a aumentar las bolsas de precariedad y marginalidad en nuestras sociedades. Al mismo tiempo, es cierto que habrá que repensar las políticas de seguridad, pero dirigiéndolas siempre a proteger a las personas, sus derechos cívicos y el buen funcionamiento de los sistemas democráticos. Lo contrario producirá un avance del totalitarismo que a la larga originará importantes tensiones sociales.

Por otra parte, ahora que todo el mundo muestra su solidaridad a Estados Unidos, cuando este país apela a los acuerdos fundacionales de la OTAN para pedir respaldo a los países miembros, bueno sería que alguien recordara al presidente Bush la insolente política aislacionista de su país, que le llevaba a dejar de cumplir todo tipo de acuerdos mundiales, desde el Tratado de Kioto contra el efecto invernadero, hasta el Tratado de No Proliferación Nuclear, Armas Químicas y Minas Antipersonales; incluso la pasada Cumbre contra el Racismo fue abandonada por Estados Unidos e Israel. Precisamente por ello, cuando se nos presentaba la globalización como una panacea salvadora para la humanidad, nos damos cuenta de que se ha construido un mundo dirigido por los valores económicos a costa de desmantelar los organismos democráticos. ¿Qué papel se le reserva en esta tremenda crisis a la Organización de las Naciones Unidas, o es que ya no nos acordamos de que existe siquiera? Evidentemente, Estados Unidos ha trabajado con fuerza para desmantelar esta institución mundial, llegando incluso a dejar de abonar sus cuotas, para evitar que pueda desplegar su papel político precisamente en momentos en los que es más necesario.

Por último, también tenemos que reflexionar sobre la existencia de víctimas de primera y víctimas de tercera categoría. No hay duda de la tremenda violencia de un atentado global como el que se ha cometido, de la tragedia desencadenada y de las víctimas inocentes que han sido asesinadas, pero en otras partes del mundo ha habido y hay en estos precisos momentos tragedias con decenas, cientos de miles de muertos mucho menos fotogénicos que las ‘Torres Gemelas’, y que no han provocado el mismo rechazo de los países occidentales. La defensa de la vida, de las personas, debería ser igual en todo el mundo y movilizar por igual a la comunidad internacional, pero lamentablemente seguiremos viendo hambrunas, masacres, genocidios y asesinatos que no van a suscitar el mismo impacto en nuestras sociedades.

Todos estos hechos deberían llevarnos a pensar en los motivos para que haya tanto fanatismo en el mundo, tanta acumulación de odio, tanta gente dispuesta a matar por sus ideas, y ahí el mundo occidental y Estados Unidos tienen mucho que decir. ¿Qué proyecto de vida, de mundo y de sociedad pueden defender los que son capaces de tanta atrocidad, los que pueden calcular tanto asesinato y sufrimiento? Ciertamente ninguno que sea positivo y compatible con nuestra sociedad. Muchos de los líderes islámicos y dirigentes musulmanes que están arengando a sus pueblos a la ‘guerra santa’ poseen fortunas inmensas, invertidas no en sus pueblos sino en los mismos países occidentales a los que dicen combatir, y el famoso Osama Bin Laden es un buen ejemplo de ello. Pero el formidable incremento de la economía y de los procesos de riqueza que se han dado no han favorecido precisamente a la humanidad, sino que han aumentado la pobreza, el hambre y la miseria en la mayor parte de los países. Abandonar conflictos a su propia suerte, como ocurre con la intifada palestina, o someter a continentes enteros a una existencia miserable en la periferia de unos países cada vez más ricos, no puede conducir a nada bueno y sin duda tiene unos costes terribles, al formar ejércitos enteros de parias que no tienen nada que perder porque ya tienen todo perdido. Somos muchos los que venimos insistiendo en la necesidad de solucionar estos problemas por los enormes costes que producen a la humanidad, pero no parece que acontecimientos como los que se han vivido vayan a cambiar el rumbo de la historia. Por el contrario, son muchas las amenazas que se ciernen en estos momentos sobre la convivencia democrática, en un mundo que debe ser abierto, con menos fronteras, que resuelva pacíficamente los conflictos, que luche contra la pobreza y el hambre, que intente un diálogo entre culturas y religiones, en definitiva, que camine hacia su fortalecimiento democrático. Tanto fanatismo no puede conducirnos a nada bueno.

Carlos Gómez Gil es sociólogo, profesor de la Universidad de Alicante 
e investigador de Bakeaz.

© Carlos Gómez Gil, 2001; © Bakeaz, 2001. Publicado en El Correo, 26 de septiembre de 2001.

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