En sus recientes declaraciones al canal qatarí al-Jazera, Osama Bin Laden ha jurado que “América no vivirá en paz hasta que reine la paz en Palestina y hasta que todo el ejército de infieles abandone la tierra de Mahoma”. Si las referencias a la liberación de Palestina pretenden ganarse el respaldo de la opinión pública de los países musulmanes, las alusiones al desmantelamiento de las bases americanas en Arabia Saudí representan una advertencia de primer orden a la monarquía saudí.

Las relaciones entre Bin Laden y la casa real saudí no han estado exentas de tensiones en las últimas décadas. Miembro de una acaudalada familia saudí, el ahora perseguido terrorista recibió los parabienes de destacados miembros de la realeza para armar a un ejército de islamistas árabes conocidos como los ‘afganos’ que combatió contra los soviéticos en Afganistán. La llegada de 400.000 soldados americanos a territorio saudí en 1991 en el curso de la guerra del Golfo provocó el primer encontronazo serio entre la corona y el curtido guerrillero, que mostró su malestar por la presencia de ‘infieles’ en tierra santa. La posterior formación de un Frente Islámico Internacional, con base en Londres, que reclutaba voluntarios y canalizaba los fondos recaudados hacia los conflictos de Bosnia, Cachemira o Chechenia, evidenció la salida definitiva de Bin Laden del círculo de los Saud, lo que motivó la retirada de su pasaporte y de su ciudadanía en 1994.

El hecho de que la mayor parte de los terroristas implicados en los ataques del 11 de septiembre fuese de nacionalidad saudí no es, como pudiera parecer, casual. Desde los años setenta, Riad ha aprovechado los abundantes ingresos que le proporcionaban sus recursos energéticos para impulsar diversas campañas de promoción de la identidad islámica y financiar las instituciones religiosas y caritativas en Asia y África. En estos años el Banco Islámico de Desarrollo, que respeta la prohibición coránica de la usura y de los intereses elevados en los préstamos, ha sido un arma fundamental en la promoción de los valores islámicos en los países en vías de desarrollo. Es lo que el economista libanés George Corm ha denominado acertadamente como “la santa alianza entre la religión y el petróleo”.

Todas estas medidas pretendían vigorizar al islam, que es la principal fuente de legitimidad de la monarquía saudí. No obstante, el islam que exporta Arabia Saudí no es un islam flexible y dialogante sino uno basado en el ultraortodoxo rito wahhabí, conocido como el ‘calvinismo musulmán’, que reclama un retorno a la pureza del islam. Esta estrategia ha resultado especialmente exitosa en Afganistán, donde, como advierte uno de los principales conocedores de la región, el periodista paquistaní Ahmed Rashid, el movimiento talibán ha asimilado la rigurosa ideología wahhabí promovida por Riad.

Durante la década de los ochenta otros movimientos islamistas militantes de naturaleza muy diversa se beneficiaron también del respaldo financiero de Arabia Saudí, que contemplaba con buenos ojos sus intentos de reislamizar la sociedad e instaurar la ley islámica. Entre ellos se encontraba Bin Laden y su grupo al-Qaeda, que, ya en los años noventa, tras la invasión de Kuwait, adoptó una actitud crítica y denunció la progresiva occidentalización del reino saudí, la dependencia militar de Estados Unidos y la ostentación de la casa real.

Queda por saber hasta qué punto los atentados terroristas contra Nueva York y Washington y la actual campaña bélica contra Afganistán obligarán a replantear la relación entre Arabia Saudí y Estados Unidos. La negativa del rey Fahd a ceder su espacio para atacar “otro país musulmán” no implica necesariamente el cuestionamiento de una alianza estratégica que nace en los años de la Guerra Fría, cuando el presidente Harry S. Truman se comprometió a garantizar la integridad territorial y la independencia política del reino árabe. La actitud saudí más bien parece ser una muestra de descontento ante la política medioriental norteamericana basada en la prolongación innecesaria del sufrimiento provocado por el embargo a Irak, en el apoyo ilimitado a Israel en detrimento de las aspiraciones nacionales palestinas y en la negativa del Congreso americano a dar luz verde a la venta de armamento sofisticado a Arabia Saudí.

Lo que parece estar claro es que Arabia Saudí tendrá que replantear a corto plazo su estrategia panislamista y adecuarla a los requerimientos de la operación Libertad Duradera. De no ser así, podrían tocar a su fin los privilegios de esta monarquía absolutista en la que la ley islámica es aplicada de manera estricta, en la que no se celebran elecciones ni existe constitución y en la que están prohibidos los partidos políticos y los sindicatos. A modo de recordatorio, el último informe anual de Amnistía Internacional recoge un dato escalofriante: la ejecución de 123 personas y la amputación de miembros de, al menos, otras 34.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor del Área de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor de ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2001).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 11 de octubre de 2001.

  • 2007 Escuela de paz es un proyecto de
  • / Diseño de Álvaro Pérez
  • / Desarrollado por eFaber