La presentación del informe de otoño del Fondo Monetario Internacional (FMI) ha acabado por diluirse en medio del impacto militar y político generado tras los atentados terroristas de Estados Unidos. La economía mundial, que atravesaba una etapa enormemente delicada como consecuencia de la desaceleración económica estadounidense, de los síntomas de enfriamiento que por contagio afectaban a Europa y de una manera especial a Alemania, y de la entrada de Japón en su cuarta recesión económica de la última década, se ha encontrado de lleno en un océano de incertidumbres y riesgos que plantean la posibilidad de una recesión a escala mundial con repercusiones muy serias a corto plazo. Esta situación de crisis, que se venía reflejando en todos los indicadores económicos norteamericanos a lo largo del año, encontró tras los atentados del 11 de septiembre el peor de los escenarios económicos posibles, con un desplome del consumo interno y la demanda agregada, deteniéndose la inversión de las empresas, y produciéndose una escalada del nivel de desempleo, así como un estancamiento del comercio. Por si todo ello fuera poco, el ambiente prebélico que se vive y la amenaza sobre la posible repetición de nuevos atentados ofrece a nivel mundial, y en especial en Estados Unidos, el peor ingrediente para su economía: la incertidumbre.

Ante este escenario tan complejo como repleto de temores, el FMI se limita simplemente a constatar una reducción del crecimiento económico mundial así como las numerosas dificultades que atraviesa la economía estadounidense, auténtica locomotora de la economía mundial en los últimos años. El estreno del nuevo economista jefe del Fondo, Kenneth Rogoff, no ha podido ser por tanto más desalentador, puesto que se ha limitado a proponer como extraña receta para solucionar esta crisis mundial “una nueva ronda de negociaciones de la Organización Mundial del Comercio”, precisamente tras el clamoroso fracaso de la Cumbre de Seattle. El Fondo sigue sin estar a la altura de las circunstancias, demostrando que las numerosas críticas que se le han hecho son plenamente justificadas. Su incapacidad para anticiparse a las crisis económicas que se van sucediendo (basta con leer el informe de previsiones económicas mundiales elaborado por el FMI hace un año) y su empeño en seguir aplicando las mismas recetas de siempre a un mundo y unos países cuyos problemas han variado extraordinariamente desde que este organismo fuera creado en Bretton Woods, en 1944 y en plena Guerra Fría, hacen de él una especie de vestigio institucional para el que ni el tiempo ni la historia existen, si no fuera por la enorme influencia que tienen sus políticas de intervención en los 75 países del mundo en los que en estos momentos el FMI está actuando. Altos responsables del Fondo, como su ex presidente, Camdessus, o su anterior economista jefe, Joseph Stiglitz, llegaron a formular públicamente críticas de una enorme dureza al funcionamiento del FMI, algunas de las cuales han sido también secundadas por el propio Banco Mundial; ninguno de ellos pertenece a los maltratados grupos antiglobalización. Sin embargo, el Fondo sigue sin moverse, aplicando invariablemente las mismas recetas para unas crisis económicas y financieras cuyos resultados acaban por ser más graves incluso que antes de su intervención.

Por lo tanto, en una situación mundial tan grave como la que se está viviendo, el FMI, lejos de aportar soluciones, se ha convertido en parte del problema. Su nuevo director general, Horst Koehler, en lugar de emprender una reforma tan necesaria como inevitable, se ha limitado a mantener su dependencia con Estados Unidos, llegando a situaciones tan poco edificantes como la que se dio en el pasado mes de abril al presentarse el informe de primavera del FMI, cuando el entonces economista jefe realizó duras acusaciones contra el Banco Central Europeo (BCE), en línea con lo mantenido por el secretario de Estado del Tesoro, Paul O’Neill, al pretender que la política monetaria europea se adaptara al ritmo de la estadounidense. La Reserva Federal Norteamericana debería haber sido mucho más solidaria con Europa en los meses anteriores, cuando el euro se vio sacudido por una auténtica crisis monetaria coincidiendo con su puesta en marcha debido fundamentalmente al vigor de la economía norteamericana y a la fuga masiva de capital europeo hacia este país, lo que puso en serios aprietos a los responsables del BCE.

Pero si bien todas las miradas se vuelven ahora hacia la economía norteamericana, intentando disminuir el daño que en su tejido económico, financiero y productivo va a producir esta crisis, bueno sería que el FMI, como garante de la estabilidad macroeconómica mundial, intentara socorrer urgentemente a los que van a ser sin ninguna duda verdaderos damnificados, los países en vías de desarrollo y los países emergentes, muchos de ellos, como Argentina, enterrados desde hace décadas bajo un agujero de desesperación que en pocas semanas se ha hecho mucho más profundo y oscuro. De forma inmediata estos países han visto desplomarse sus ya debilitados mercados financieros, aumentando la calificación de riesgo-país y descartando el cumplimiento de los durísimos planes de ajuste en los que estaban embarcados, originando con toda seguridad nuevos problemas de liquidez para su descomunal deuda externa, y nuevas tensiones económicas y sociales en unas sociedades extenuadas por tanto sacrificio. Al mismo tiempo, la contracción de la demanda en los consumidores norteamericanos azotará a los mercados latinoamericanos, especialmente a los mexicanos y brasileños, cuyas economías atraviesan momentos de enorme fragilidad pero que son vitales para el conjunto del continente. Y eso sin hablar del África Subsahariana o de los países del Magreb, a los que espera un horizonte mucho más desesperado. ¿Ha oído alguien algún tipo de preocupación, propuesta o solicitud de ayuda por parte del FMI para estos países que engloban tres cuartas partes de la población mundial? En el fondo de esta crisis también está el Fondo.

Carlos Gómez Gil es profesor de Economía Mundial en la Universidad de Alicante 
e investigador de Bakeaz.

© Carlos Gómez Gil, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 14 de octubre de 2001.

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