La crisis propiciada por los ataques terroristas contra Estados Unidos nos ha obligado a familiarizarnos con una terminología que, pese a ser empleada profusamente por los medios de comunicación, continúa siendo incomprensible para buena parte de la población. Así, nos hemos acostumbrado a escuchar términos como ‘yihad’, ‘muyahid’, ‘talibán’, ‘madrasa’, ‘burka’, ‘fatwa’ o ‘mullah’ sin apenas rechistar. El problema es especialmente delicado si tenemos en cuenta que la mayoría de estos términos suelen ser traducidos de manera incorrecta, añadiendo todavía una mayor confusión a la ya imperante.

El orientalista Bernard Lewis advierte en ‘El lenguaje político del Islam’, una de sus obras más reconocidas publicada en 1988, que desde Occidente “el Islam se ve como una religión militante, o incluso militar, y a sus seguidores como guerreros fanáticos, empeñados en extender su fe y su ley mediante las armas. Así pues, puede sorprender que el lenguaje árabe clásico no tenga un término correspondiente a guerra santa”. De esta manera, Lewis se permite discutir la visión estereotipada del Islam como una religión agresiva, pero también cuestiona la pertinencia de traducir como “guerra santa” el término ‘yihad’. La raíz trilítera árabe ‘yahada’ debe traducirse como “esforzarse” o “aplicarse” por defender o propagar el islam: ‘yihad’ significaría un “esfuerzo en la senda de Dios”, mientras que su participio activo ‘muyahid’ se aplica a quien “se esfuerza” por defender el islam, generalmente en el sentido militar pero también desde el punto de vista espiritual o moral.

En la década de los ochenta quienes combatían contra los soviéticos en Afganistán ya fueron denominados ‘muyahidin’, pues se entendía que estaban haciendo un esfuerzo por defender parte de los territorios musulmanes (‘dar al-islam’) de la influencia de una ideología laica y atea como la comunista, que representaba una amenaza de primer grado, no sólo para la integridad territorial sino también confesional afgana. No es de extrañar que otro término como ‘fedayín’, los que se sacrifican, empleado en la década de los setenta para referirse a los guerrilleros que luchaban por la causa palestina, también tuviese un matiz religioso y fuese empleado en la Edad Media, entre otros, por una secta ismailí que combatió a los cruzados.

Una matización que sería conveniente hacer para evitar malentendidos es que la llamada a la ‘yihad’ realizada por un caudillo político o religioso local, como el caso del ‘mullah’ Omar, es un recurso archiconocido en la historia del Islam, pues de esta manera se conseguía convocar a la población para combatir una amenaza común, ya procediese de países no creyentes o de musulmanes considerados herejes o impíos. Este llamamiento no implica de ninguna manera que todo musulmán deba aprestarse a alzarse en armas: un musulmán marroquí, sirio o malasio no prestará a tal llamamiento mayor atención que a los resultados de una jornada de la liga de fútbol italiana.

En cuanto a la palabra ‘talibán’, su aceptación popular es tal que ha sido incluida en la nueva edición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Por talibanes los medios de comunicación entienden los estudiantes religiosos que, tras educarse en las ‘madrasas’ o escuelas coránicas, decidieron retornar a Afganistán para combatir a los señores de la guerra que asolaban el país. Si bien es cierto que esta traducción no es incorrecta, también lo es que cualquier universitario árabe es denominado genéricamente ‘talib’, que es el participio activo del verbo ‘talaba’, que significa, simple y llanamente, “pedir” o “demandar”, enseñanza o instrucción en este caso.

Por ‘fatwa’ se entiende la sentencia jurídica basada en los textos canónicos que es emitida por un ‘ulema’ o doctor versado en el corpus legal islámico o ‘shari`a’ (que en su sentido original indica el camino recto). La repercusión de las ‘fatwas’ depende de su emisor. En el caso de las emitidas por las autoridades religiosas talibanes es bastante limitado, ya que sólo compete a los afganos que están bajo su autoridad. Como botón de muestra cabe señalar que los ulemas de la corriente deobandí de la que beben directamente los talibán han emitido hasta el momento un número tan elevado de ‘fatwas’ –cerca de un cuarto de millón– que su cumplimiento se hace imposible entre una población analfabeta y diezmada tras décadas de miseria y privaciones de toda índole.

Otro de los términos empleados sin saberse muy bien lo que designa es el de ‘mullah’ o ‘mollá’, que aparece frecuentemente acompañando a los dirigentes talibán. Aunque su origen es árabe y está asociado a la gobernación, el término ‘mullah’ ha pasado a Occidente a través del urdu y del persa y se refiere a los versados en materias religiosas. De su misma raíz provienen las palabras ‘valí’ y ‘valiato’ que nos dejaron los árabes tras su larga presencia en la península. No cabe por lo tanto la posibilidad de hablar de mullah en los territorios palestinos, como han hecho algunos periodistas en sus crónicas de guerra.

Por mi experiencia directa no estaría de más añadir a este pequeño ‘vocabulario de campaña’ una última palabra. A pesar de que ‘intifada’ puede considerarse ya una antigualla pues lo utilizamos desde hace más de una década, persisten los malentendidos sobre su significado. Hay quienes lo traducen como “revuelta”, hay quienes se decantan por “manifestaciones violentas”, pero su traducción más fiel, partiendo de lo que significa en árabe –“sacudida” o “agitamiento”–, es la de “levantamiento” o “alzamiento”.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2001).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 3 de noviembre de 2001.

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