Oriente Medio se encuentra nuevamente inmerso en una espiral de violencia. Los atentados suicidas perpetrados en Haifa y Jerusalén han encendido la luz de alarma. Las acciones terroristas, reivindicadas por el brazo armado de la organización Hamas, han agudizado el sentimiento de indefensión de una sociedad traumatizada por los endémicos episodios de violencia que pretenden ante todo poner de manifiesto la imposibilidad de preservar la seguridad israelí mientras persista la ocupación de los territorios palestinos y, por qué no, torpedear la misión negociadora del enviado de la Casa Blanca Anthony Zinni.

Estas nuevas 25 víctimas, muchas de ellas adolescentes, engrosarán la larga y anónima lista de caídos desde el inicio de la Intifada del Aqsa hace ya 14 meses. Desde que el ahora primer ministro israelí Ariel Sharon desencadenase la oleada de protestas palestinas tras su provocadora visita a la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, más de 1.000 personas han perdido la vida. Del lado israelí casi 230 personas han muerto como resultado de atentados suicidas contra objetivos mayoritariamente civiles, pero la abrumadora mayoría de las víctimas (nada más y nada menos que un 80%) son palestinas. Según un informe de la organización humanitaria B’Tselem, 120 civiles palestinos han sido asesinados a sangre fría por colonos judíos que actúan con absoluta impunidad protegidos por el ejército israelí. Otro centenar de dirigentes militares y políticos han perdido la vida en el curso de la campaña de asesinatos extrajudiciales emprendida por el gobierno de coalición israelí con el propósito de “fortalecer la seguridad de los ciudadanos israelíes y luchar contra la violencia y el terrorismo”, tal y como reza su programa de gobierno.

Nadie espera una respuesta mesurada ni moderada de Ariel Sharon. Sus primeras declaraciones (“Arafat es el responsable de todo: ha optado por el terrorismo”) y actuaciones (bombardeo de las ciudades palestinas y destrucción del aeropuerto de Gaza, cuya construcción había financiado la Unión Europea) no dejan espacio para el optimismo. Tampoco ayuda mucho a atemperar los ánimos la deriva errática de la administración norteamericana. Si bien hace unas semanas el secretario de Estado Colin Powell se mostró partidario de la creación de un Estado palestino y del final de la ocupación israelí, las recientes declaraciones del presidente George W. Bush (“Israel tiene derecho a defenderse”) o del secretario de Defensa Donald Rumsfeld (“no me consta que Arafat controle la situación entre los palestinos”) van en la dirección contraria. Pero lo más preocupante no es sólo la incapacidad de establecer una política exterior convincente para Oriente Medio, sino la posibilidad de que esta indecisión se perciba como un cheque en blanco concedido al ejecutivo israelí para erosionar aún más la ya de por sí deteriorada autoridad de Arafat. Al definir estas acciones de represalia como defensivas en lugar de ofensivas, se hace un flaco favor a la causa de la paz.

Ante esta circunstancia, queda por saber si Israel aprovechará esta coyuntura para destruir a la Autoridad Palestina creada como resultado de los Acuerdos de Oslo. En su reunión de emergencia, el gabinete israelí se mostró dividido en torno a las medidas a adoptar para prevenir la repetición de este tipo de atentados. Mientras que la abrumadora mayoría formada por los sectores ultras (ya sean nacionalistas, ya sean ortodoxos) se manifestó abiertamente favorable del derrocamiento de Arafat, la minoría laborista se mostró partidaria de alternar la política del palo con la de la zanahoria: es decir, presionar a Arafat para que detenga a los elementos más radicales, pero a la vez tenderle una mano a la que aferrarse en estos momentos tan delicados. Quizás la ‘real politik’ acabe imponiendo esta segunda opción, dado que unos y otros son plenamente conscientes de las desastrosas implicaciones que tendría la expulsión de los territorios ocupados del ‘rais’, que, aun siendo una figura sumamente controvertida, sigue encarnando mejor que nadie la lucha del pueblo palestino por su independencia.

Es evidente que esta operación de acoso y derribo contra Arafat tiene un doble objetivo: por una parte, debilitar la posición de la Autoridad Palestina ante una eventual reanudación de las negociaciones y, por otra, provocar una lucha fratricida entre los palestinos (nacionalistas contra islamistas), pero no está claro si los responsables israelíes han medido las consecuencias que podría tener esta operación de desgaste. La experiencia de este último año nos ha mostrado que la nueva guardia de activistas que dirige la Intifada y que se ha agrupado en torno al Comité de Fuerzas Nacionalistas e Islamistas no comparte ni las tácticas ni la estrategia de la vieja guardia de tecnócratas que ha llevado las riendas del proceso de Oslo. Este grupo, que cada vez goza de un mayor respaldo popular y que defiende la creación de un gobierno palestino de concentración nacional, se muestra abiertamente a favor del enfrentamiento militar con Israel y desdeña la posibilidad de un acuerdo negociado, habida cuenta de la penosa experiencia de un proceso de paz que, lejos de aliviar los sufrimientos del pueblo palestino, los ha agravado de manera considerable.

Ante la evidencia de que la caída de Arafat provocaría la radicalización del movimiento nacionalista palestino, hay quien se pregunta qué ganaría el gobierno israelí con esta jugada. Quizás el siguiente oráculo del profesor Salim Tamari, director del Centro de Estudios sobre Jerusalén, nos sirva para comprender un poco mejor el objetivo oculto de Sharon: “el debilitamiento del liderazgo palestino actual podría crear una situación de vacío político tal que la actual violencia podría parecer un juego de niños. Ante esta eventualidad, una normalización política podría llevar no dos o tres años sino más de quince”. De esta manera Israel conseguiría un nuevo balón de oxígeno para proseguir su política de hechos consumados.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, Los Libros de la Catarata/Instituto Universitario de Desarrollo y Cooperación, 2001).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 6 de diciembre de 2001.

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