Ahora que el conflicto afgano parece en sus estertores, nada es más urgente que calibrar lo que a menudo se ha dejado en el olvido: una delicadísima trastienda geoeconómica, y los intereses consiguientes, que acabará por pasar, antes o después, al primer plano. El núcleo fundamental de tal trastienda no es otro que la inmensa riqueza energética que atesoran las repúblicas ex soviéticas del Asia central, en las que, conforme a una visión muy extendida, se encontrarían algunos de los yacimientos de petróleo y de gas natural más importantes del planeta.

Por lo que sabemos, la riqueza que nos ocupa ha suscitado los movimientos de al menos cuatro polos de atracción. El más tradicional y anclado de ellos es el ruso. Al fin y al cabo, en los últimos decenios las materias primas energéticas del Asia central han encontrado su principal, por no decir única, salida a través de los oleoductos y gasoductos de lo que hoy es la Federación Rusa. En este momento y hora, Moscú se beneficia económicamente de esa herencia del pasado, al gravar el transporte del petróleo y del gas natural centroasiáticos. Conviene recordar, eso sí, que, a los ojos de determinados círculos de opinión en Rusia, las rentas correspondientes no aciertan a compensar los esfuerzos que el país ha tenido que asumir para preservar de su lado una zona de influencia en la que ha sido menester invertir recursos muy notables. Esto al margen, de hacerse la realidad, la nueva línea que Putin parece decidido a imponer –una franca colaboración con Estados Unidos– bien puede allanar el camino a un acuerdo con Washington que implique una franca retirada de Rusia, no sin contraprestaciones, claro, en lo que respecta al mercado energético del Asia central.

El segundo polo de atracción –éste de importancia provisionalmente menor– lo configura Irán, que mantiene, en particular, una relación medianamente cordial con su septentrional vecino turcomano. Tanto Irán como Turkmenistán parecen interesados en construir un conducto que traslade el petróleo y el gas del segundo camino de los puertos del primero en el golfo Pérsico y en el Índico. La consecución de un beneplácito occidental para semejante operación bien podría ser uno más de los factores que vendrían a explicar por qué Teherán ha asumido una línea de ejemplar y concesiva conducta en la crisis de este otoño. No se olvide, por lo demás, que, de normalizarse las relaciones externas de Irán, recobrarían peso los proyectos, un tanto arrinconados, que contemplan la construcción de otro conducto desde la caucasiana república de Azerbaiyán.

En virtud de una presencia militar en Afganistán que se anuncia continuada, Estados Unidos es el tercer, y ahora principalísimo, foco de atracción. Un Afganistán libre de conflictos bélicos y emplazado en la zona de influencia norteamericana permitiría reabrir con carácter inmediato los viejos proyectos orientados a la construcción de otro conducto, que ahora discurriría desde el Asia central, a través del territorio afgano, buscando los puertos paquistaníes del Índico. Semejante conducto le otorgaría a Estados Unidos una radical preeminencia en lo que respecta al control de las materias primas energéticas, no sólo en el Oriente Próximo, sino también en el interior del continente asiático, circunstancia que a buen seguro fortalecería aún más el rango de la única potencia hegemónica del momento en detrimento, al menos a primera vista, de la Unión Europea, de Rusia y de un Japón cada vez más vulnerable.

El último polo de atracción lo aporta China, que no se topa con problema alguno vinculado con la necesidad de granjearse el control de territorios que no sean suyos. Según muchos pronósticos, China dispone también de yacimientos importantes de petróleo y de gas natural en la provincia del Sinkiang, fronteriza con Pakistán, Afganistán y varias de las repúblicas ex soviéticas del Asia central. El problema chino es de otra naturaleza: si por un lado el Sinkiang es una zona nacionalmente conflictiva, por el otro Pekín carece de los recursos financieros que permitirían construir otro conducto, ahora en dirección de sus puertos del Pacífico y, acaso, del propio Japón. Este último país podría estar interesado, eso sí, en la construcción de ese conducto que, al discurrir en su integridad por territorio chino, le permitiría a Tokio liberarse de lo que hoy por hoy es una pesadilla: el grueso de sus suministros energéticos llega por vía marítima desde el Próximo Oriente tras atravesar, entre otros lugares, el conflictivo estrecho de Malaca.

Si algo despunta en la casuística que acabamos de esbozar es el presunto designio norteamericano de cortocircuitar en lo posible las imaginables aproximaciones entre potencias menores, que al amparo de aquéllas podrían poner incipientemente en cuestión la hegemonía estadounidense. Hay quien interpreta, en esta línea, que Washington –el principal beneficiario, sin duda, de los cambios en curso en el panorama planetario– está haciendo todo lo que está de su mano para disuadir a Rusia de un eventual acercamiento a la UE, y que lo suyo es que, de ser preciso, haga otro tanto con las maniobras de allegamiento que están llamados a protagonizar Japón y China.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 2001; © Bakeaz, 2001.
Publicado en El Correo, 11 de diciembre de 2001.

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