La tantas veces anunciada segunda fase de la operación ‘Libertad duradera’ ya ha comenzado. Pese a que las tropas norteamericanas sólo han cumplido parcialmente sus objetivos en Afganistán, Washington ha decidido dar luz verde al envío de un contingente militar a Filipinas para combatir a las milicias de Abu Sayyaf. La derrota del régimen talibán y la destrucción de la infraestuctura afgana de al-Qaida –que no la captura de Osama Bin Laden– han permitido a los ‘halcones’ de la administración Bush imponer sus criterios sobre la necesidad de iniciar la segunda fase de la guerra contra el terrorismo destinada a desarticular a los grupos armados vinculados con el islam radical.
El secretario de Defensa Donald Rumsfeld hizo una verdadera declaración de intenciones al afirmar que “los terroristas internacionales, como la organización al-Qaida, que es muy activa en 50 ó 60 países, probablemente no existirían de no ser porque un cierto número de países facilita, financia, fomenta y tolera sus actividades. El único medio para detener el problema es liquidar estas redes […]. Si para acabar con el problema del terrorismo tenemos que intervenir en 15 países, pues lo haremos”. La llegada a la isla filipina de Basilán de un primer contingente de 650 militares norteamericanos que intervendrán en la ofensiva contra la guerrilla islamista de Abu Sayyaf convierte a Filipinas en el escenario para la representación del primer acto de la operación ‘Libertad duradera II’.
La elección de Abu Sayyaf y de Filipinas no resulta de ningún modo casual. En primer lugar, Abu Sayyaf supuestamente mantuvo relaciones con Bin Laden cuando combatió en las filas de los muyahidín en Afganistán; en segundo lugar, este grupo surgido de una escisión del Frente de Liberación Nacional Moro apenas cuenta, según un informe del Departamento de Estado, con dos centenares de guerrilleros, lo que lo convierte en un adversario relativamente asequible; en tercer lugar, el gobierno de Gloria Macapagal Arroyo, aliado incondicional de Estados Unidos, ha autorizado la operación; por último, pero no por ello menos importante, Filipinas es un país cristiano que tan sólo cuenta con una pequeña minoría musulmana (apenas un 5% frente al 83% de católicos), por lo que es de suponer que la operación no desate excesivas críticas.
Pero si por algo es interesante la intervención en Filipinas es porque plantea el modelo a seguir en otros puntos del mundo. La estrategia norteamericana consiste en desplazar pequeños grupos de unidades especiales con misiones concretas y limitadas que actuarán mano a mano con las fuerzas de sus aliados regionales. Al mismo tiempo, se ha decidido reforzar la presencia en algunas zonas tradicionalmente alejadas de la influencia americana, como las ex repúblicas soviéticas de Armenia, Uzbekistán y Azerbaiyán, donde se han establecido una serie de bases militares en las cuales se mantendrán fuerzas dispuestas para actuar cuando la situación lo requiera. Todo ello va en detrimento de las operaciones de mantenimiento de la paz en las que participaban efectivos norteamericanos (los Balcanes y el Sinaí, por ejemplo), que se interrumpirán en el curso de las próximas semanas.
La intervención en Filipinas, anunciada desde la Casa Blanca, es tan sólo el primer eslabón de la larga guerra contra el terrorismo. A pesar de que no existe unanimidad al respecto, el Iraq de Saddam Hussein continúa siendo una prioridad. Al no existir pruebas que vinculen a Bagdad con las redes de al-Qaida, Rumsfeld se ha apresurado a advertir de que “estaremos atentos a los riesgos que representan las naciones que tienen programas de armas de destrucción masiva”. La idea de extender la operación ‘Libertad duradera’ a Iraq tiene sus máximos valedores en los responsables del Pentágono, pero no parece despertar el mismo entusiasmo entre los aliados europeos (entre ellos el habitualmente entusiasta Tony Blair), que han advertido sobre los riesgos que podría entrañar una intervención directa en Iraq que requeriría un alzamiento popular –chiíta en el sur y kurdo en el norte– de imprevisibles consecuencias.
Otros países como Somalia, Indonesia, Malasia, Sudán o Yemen también podrían sumarse a la lista de objetivos. De todos estos países el que presenta menos dificultades para una operación militar es Somalia, debido a la ausencia de una autoridad central fuerte. El grupo islamista somalí al-Ittihad al-Islami (La unión islámica), incorporado recientemente a la lista negra de organizaciones terroristas elaborada por el Departamento de Estado, podría mantener vínculos con al-Qaida, al igual que el señor de la guerra Muhammad Farah Aidid, al que se responsabiliza de la muerte de 18 marines en 1993. Una serie de acontecimientos que apenas han suscitado el interés de los medios de comunicación muestran hasta qué punto es factible esta posibilidad. En las últimas semanas comandos ingleses se han infiltrado en Somalia para localizar futuros objetivos, seis buques de guerra alemanes han partido hacia el Cuerno de África y un avión de espionaje español ha empezado a realizar labores de reconocimiento.
No obstante, el mayor riesgo para la estabilidad de la región es que la segunda fase de la guerra antiterrorista iniciada por Estados Unidos se extienda a Oriente Medio creando una situación explosiva. El Gobierno israelí dirigido por el ultra Ariel Sharon ha presionado a Washington para que dirija su maquinaria bélica contra Hezbollah, Hamas y Yihad Islámica (y, por qué no, contra sus patrocinadores: Líbano, Siria e Irán), a pesar de que ninguna de estas organizaciones (y países) participó en los atentados del 11 de septiembre ni representa en la actualidad una amenaza para los intereses occidentales. De imponerse el enfoque israelí, la actual espiral de violencia podría alcanzar un punto de no retorno y el proceso de paz medioriental podría interrumpirse de manera definitiva durante varios años.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2001).
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 5 de febrero de 2002.