Suenan tambores de guerra en el golfo Pérsico. En el curso de las últimas semanas se han hecho públicos los planes de la administración Bush para derrocar a Sadam Hussein. Las declaraciones de responsables del Pentágono, las idas y venidas de los miembros del Departamento de Defensa a Oriente Medio, las visitas de los gobernantes árabes a la Casa Blanca o la reunión de la oposición iraquí en Londres han acentuado el clima prebélico que se vive en la región. El objetivo de dicho ataque sería, según se anuncia, derrocar al dictador iraquí y destruir el arsenal armamentístico que oculta a los inspectores internacionales. Mediante esta operación el presidente George W. Bush remataría la faena dejada incompleta por su padre quien hace una década fue reacio a que las tropas norteamericanas tomasen Bagdad en el curso de la operación Tormenta del Desierto. La decisión de atacar el país árabe también pondría en evidencia el fracaso de la política de sanciones impuesta por la ONU con el objeto de debilitar al liderazgo iraquí y que sólo ha sido capaz de agudizar el sufrimiento de la población. Según informes de UNICEF, cada año perecen 60.000 niños iraquíes como consecuencia de la desnutrición.
La situación de 1991 guarda escaso parecido con la de 2002. En 1991 la invasión iraquí de Kuwait, en flagrante violación de la legalidad internacional, motivó la formación de una coalición internacional liderada por Estados Unidos que movilizó a más de medio millón de soldados para restablecer el statu quo precedente. La mayor parte del mundo árabe participó en esta coalición, incluidos algunos países que como Siria estaban incluidos en la lista negra del terrorismo internacional. En el presente la situación es completamente diferente ya que Estados Unidos libra en solitario su particular guerra contra el terrorismo tras los ataques del 11S. Iraq, al igual que Irán y Corea del Norte, forman parte del denominado ‘Eje del mal’. Para la administración norteamericana, Iraq representa una amenaza potencial para la estabilidad mundial por sus intentos de hacerse con armas de destrucción masiva, incluido armamento químico, biológico y nuclear. Según la nueva doctrina Bush, Estados Unidos debe lanzar ataques preventivos para evitar que dichas amenazas se materialicen en un futuro.
Aunque se ha especulado mucho sobre la inminencia de dicho ataque, los estrategas del Pentágono parecen no haber alcanzado un acuerdo en torno a la manera de desencadenarlo. Las opciones estudiadas van desde una invasión masiva de todo el territorio iraquí por 250.000 soldados hasta una intervención de unidades de elite que se harían con el control de los arsenales armamentísticos y detendrían a los principales dirigentes iraquíes, pasando por una tercera opción basada en una operación limitada de 50.000 efectivos que tomarían Bagdad y las principales zonas estratégicas. Cada una de estas opciones tiene sus ventajas e inconvenientes, aunque parece ser que los halcones de la Casa Blanca —entre ellos, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y la consejera de Seguridad Nacional Condoleza Rice— se inclinan por la primera posibilidad, mientras que el Pentágono respalda una ataque sorpresa con los efectivos actualmente desplegados en la zona (unos 35.000 soldados) a los que se sumarían un número por determinar de soldados británicos. En todo caso es poco factible que el ataque pueda llevarse a cabo antes de las elecciones al Congreso del 5 de noviembre.
Todos estos preparativos no tienen lugar entre bambalinas sino a plena luz del día, quizás con la intención de ir preparando a la opinión pública estadounidense de la inevitabilidad de la nueva guerra. Pero un hecho que llama la atención es la escasa predisposición del mundo árabe a respaldar una operación de este envergadura. En contraste con la vasta alianza formada hace diez años para preservar la integridad territorial de Kuwait, en esta ocasión tan sólo un pequeño y poco influyente país árabe —Qatar— ha prestado su territorio para que sirva como base para el ataque contra Iraq. Ni Arabia Saudí, ni Jordania ni tampoco Kuwait —todos ellos aliados de Estados Unidos— parecen dispuestos a prestar sus bases militares para que sean utilizadas en este nuevo capítulo de la operación Libertad Duradera. Esta actitud puede comprenderse fácilmente si tenemos en cuanta diversas cuestiones. En primer lugar, las relaciones entre Iraq y el mundo árabe habían entrado en su fase de normalización tras la última cumbre de la Liga Árabe celebrada en Beirut en marzo pasado. En segundo lugar, la decepción árabe ante el doble rasero empleado por Estados Unidos en Oriente Medio: por un lado respalda sin reparos la política belicista de Sharon contra los palestinos, mientras que por otra parte exige nuevos sacrificios a sus aliados para derrocar al sátrapa iraquí. En tercer lugar se considera posible que después de Iraq le toque el turno a otros países árabes como Siria o Libia, a los que se considera patrocinadores del terrorismo internacional, lo que tendría un efecto desestabilizador en todo el mundo árabe que podría hacer tambalearse a algunos de los tradicionales aliados árabes de Estados Unidos en el caso de que la guerra se prolongase y tuviese un alto coste humano.
Pero lo que más asusta es la posibilidad que el ataque a Iraq sea tan sólo el primer paso para dibujar un nuevo mapa para la región y para reorganizar las alianzas norteamericanas en Oriente Medio de acuerdo con la nueva situación creada tras el 11S. En este sentido son numerosas las incógnitas todavía sin resolver. ¿En quién recaería el poder una vez que Sadam Hussein fuese derrocado? ¿Se imitaría el caso afgano donde el liderazgo de Karzai se encuentra pobremente asentado en el conjunto del país y depende prácticamente del control internacional de Kabul? ¿Se elegirá como nuevo presidente a un hombre fuerte dentro del propio ejército o a un líder de la oposición en el exilio? ¿Se permitirá la secesión del norte kurdo y del sur chiíta? El parlamentario egipcio Mustafa al-Faqi manifestaba todos estos temores hace unas semanas en un artículo publicado por el diario árabe ‘al-Hayat’ al afirmar que posiblemente el futuro gobierno iraquí que se establezca tras el derrocamiento de Sadam Hussein esté llamado a ser un aliado esencial de Estados Unidos y se convierta en un gendarme en una zona especialmente sensible para los intereses norteamericanos que alberga las principales reservas petrolíferas del planeta.
Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.
© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002. Publicado en El Correo, 9 de agosto de 2002.