Turquía se ha visto sacudida por un terremoto político en las recientes elecciones legislativas. El aplastante triunfo del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que ha obtenido un 34% de los votos y 362 escaños, se ha visto acompañado por la derrota sin paliativos de los partidos tradicionales, de los cuales sólo el kemalista Partido Republicano del Pueblo se ha conseguido salvar de la criba, al captar cerca del 20% del voto y 179 escaños. La primera de las lecturas que pueden hacerse de estos resultados es que cuestionan de manera abierta el proyecto modernizador y laico de Atatürk, basado en una estricta separación entre Estado y religión.

El mensaje islamista moderado defendido por Recep Tayyip Erdogan, antiguo alcalde de Estambul, ha calado hondo entre una población exhausta por la amplitud de la crisis económica y hastiada ante la ineptitud de los políticos tradicionales. En esta su primera cita electoral, el AKP –heredero de los ilegalizados Partido del Bienestar y Partido de la Virtud– ha superado los pronósticos más optimistas al obtener una desahogada mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, compuesta por 550 diputados. El éxito de Erdogan es doblemente valioso si tenemos en cuenta que en 1999 fue condenado por sedición, depuesto de la alcaldía de Estambul y encarcelado durante cuatro meses por recitar un poema nacionalista (“las mezquitas son nuestros cuarteles / sus cúpulas, nuestros cascos / sus alminares, nuestras bayonetas / y los creyentes, nuestros soldados”).

A pesar de su triunfo, el partido islamista se queda con la miel en los labios, porque, al no superar los dos tercios de la Cámara, le será difícil modificar la Constitución de 1980 (aprobada poco después del último golpe de Estado), que otorga grandes poderes al Ejército como defensor de la herencia de Kemal Atatürk y como garante del carácter laico de la república. Para darnos cuenta del peso de las fuerzas armadas turcas basta con apuntar que en 2001 el presupuesto de defensa absorbió el 14% del PIB, o con citar el artículo 118 de la Constitución, que otorga al Consejo de Seguridad Nacional (integrado por el jefe del Estado Mayor, los ministros de Defensa e Interior, los comandantes del Ejército, la Armada y el Aire, el comandante en jefe de la Gendarmería, así como el primer ministro y el presidente de la República) la capacidad para imponer el estado marcial o declarar la guerra.

El ascenso islamista se explica además por el hartazgo y el cansancio ante los partidos políticos tradicionales. Como explicaba Ilnur Cevik, director del diario ‘Turkish Daily News’, “el pueblo turco ha votado contra la corrupción, el amiguismo, el nepotismo, el favoritismo y las irregularidades”. Este voto de castigo ha afectado en especial a los partidos de la coalición gobernante: el Partido de la Izquierda Democrática del ex primer ministro Bulent Ecevit, que apenas ha obtenido un 1% de los votos, y el ultra Partido del Movimiento Nacional de Devlet Bahceli, que suma el 9%. También las formaciones dirigidas por los ex primeros ministros Tamsu Çiller y Mesut Yilmaz –Partido de la Recta Vía y Partido de la Madre Patria– pagan un alto precio por el delirante personalismo de sus líderes. Todos ellos, al igual que los recientemente fundados Partido de la Nueva Turquía, de corte europeísta, y el populista Partido de la Juventud, se quedan a las puertas de la Asamblea, al no haber conseguido superar el umbral del 10% de los votos establecido en 1980. Aunque ha cumplido su objetivo de impedir al pro-kurdo Partido Democrático del Pueblo obtener representación parlamentaria, este requisito amenaza el pluripartidismo (en 1999 cinco formaciones obtuvieron representación parlamentaria frente a las dos de 2002) y distorsiona la propia realidad política turca (un 45% de los votos emitidos quedan sin representación).

Pese a los esfuerzos destinados a tranquilizar a la comunidad internacional, las implicaciones de estos resultados electorales están todavía por verse, y es factible que el papel de Turquía en la región y su relación con la Unión Europea, la OTAN y Estados Unidos se resientan. Erdogan, que no podrá ser primer ministro por su inhabilitación, ha repetido en más de una ocasión que ha evolucionado hacia posiciones más europeístas y atlantistas en un claro mensaje a Estados Unidos, al que considera “un aliado natural”. De esta manera pretende evitar críticas como las recibidas en su día por el islamista Partido del Bienestar, acusado de “poner en peligro, a largo plazo, la viabilidad de la república laica establecida por Atatürk, así como las políticas exterior y económica de Turquía, ya que el partido es hostil a la OTAN, Europa, Israel y el capitalismo empresarial” (‘International Herald Tribune’, 28 de diciembre de 1995).

En los próximos meses Turquía deberá enfrentarse a varias pruebas decisivas, que pondrán de manifiesto hacia dónde se dirige el nuevo gobierno de corte islamista. La Cumbre Europea de Copenhague deberá pronunciarse ante una futura adhesión turca a la Unión, siendo más que probable que se vuelva a aludir al déficit democrático, al incumplimiento de los derechos humanos, a la persecución de la minoría kurda o al excesivo peso político del Ejército para justificar una respuesta negativa. Por otra parte, Turquía ocupa una privilegiada posición geoestratégica allá donde se encuentran Europa y Asia, y es miembro de la Alianza Atlántica. La anunciada campaña norteamericana contra Irak tan sólo aumenta el peso de Turquía, ya que del empleo de sus bases militares depende en gran medida el éxito de esta ofensiva. Una actitud euroescéptica o antibeligerante de Erdogan podrían ser interpretadas como una señal de que Turquía abandona su tradicional alianza con Occidente e intenta constituirse en un ejemplo a imitar por otros países musulmanes.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 5 de noviembre de 2002.

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