Al calor de los hechos acaecidos en Moscú, Chechenia ha vuelto a interesar –parece– a nuestros medios de comunicación. Si eso, a primera vista, ha sido un éxito para el comando guerrillero que asaltó un teatro, la fórmula empleada por sus integrantes, con el inequívoco designio de hacer uso del terror, ha servido para que, una vez más, las distorsiones y las manipulaciones ganen terreno. Y es que en el grueso de esos medios de los que hablamos no se ha barruntado mayor propósito de profundizar en el espectáculo que se desarrolla, desde años atrás, en Chechenia, de la misma suerte que se ha obviado el empleo del adjetivo terrorista cuando lo que tocaba era dar cuenta de la conducta asumida por el ejército ruso, en los más diversos momentos, en la pequeña república del Cáucaso septentrional.

Si se trata de acometer la tarea que se ha dejado pendiente en tantos análisis sólo interesados en sopesar lo que ocurría en Moscú, acaso las observaciones deben ser tres. En virtud de la primera, lo suyo es recordar que el presidente ruso, Vladímir Putin, se ha entregado por igual a la defensa de un férreo principio de autoridad y de fuerza, de un lado, y a la búsqueda de un apoyo externo asentado en la fácil demonización de la resistencia chechena, del otro. A esta última querencia han respondido, con claridad, la sugerencia de que la acción guerrillera había sido tramada en el exterior –de un tiempo a esta parte Bin Laden parece estar detrás de todo lo que ocurre en el planeta– y la nada sibilina atribución de los hechos al máximo representante del independentismo moderado checheno: el presidente, electo en 1997, Masjádov. La apuesta de Putin es, en otras palabras, un órdago que, al no dejar títere con cabeza, elimina eventuales contrapartes en una negociación que no parece estar en la agenda del presidente ruso.

Una segunda circunstancia de relieve la aporta la política desplegada por Moscú en Chechenia desde que, en el otoño de 1999, se inició la guerra que todavía hoy se libra. Conviene recordar, por lo pronto, que la posición de las autoridades chechenas prorrusas se antoja extremadamente débil. Al descrédito acumulado entre la mayoría de sus conciudadanos se suman los recelos que esos dirigentes han acabado por levantar, según se cuenta, en Moscú. En la trastienda se aprecia un hecho de importancia difícilmente rebajable: Chechenia no ha sido objeto de ningún programa de reconstrucción, ni local ni internacional, desde que las tensiones bélicas se instalaron en su territorio a finales de 1994. Si Naciones Unidas se desentendió visiblemente de ese atribulado país cuando, en el verano de 1996, concluyó la primera guerra postsoviética, en los últimos años las autoridades rusas no han podido, o no han querido, acometer ningún programa de ayuda económica, con lo que la imagen de los gobernantes locales no ha dejado de degradarse.

En los hechos, Moscú sólo parece haberle prestado atención a la conveniencia de poner toda la carne en el asador para zanjar militarmente el contencioso checheno. Y al respecto el ejército ruso no sólo no se ha salido con la suya –la resistencia guerrillera, feroz en las montañas meridionales del país, parece haber ganado terreno, también, a través de golpes esporádicos, en las propias ciudades del norte–, sino que se ha hecho merecedor de las críticas más severas por un comportamiento asentado en la represión más salvaje. Amnistía Internacional inicia esta semana, por cierto, una campaña de sensibilización en lo que atañe a la situación de los derechos humanos en Rusia, en la que el elemento estrella parece llamado a ser, cómo no, lo ocurrido en los últimos años en Chechenia. Para que nadie se inquiete, es obligado subrayar que el informe correspondiente de Amnistía le presta atención, también, a las atrocidades cometidas por la resistencia chechena.

Agreguemos un tercer dato en este somero balance del panorama checheno: las autoridades rusas no parecen propicias a procurar alguna suerte de salida política para un conflicto que todo el mundo sabe no puede encararse en virtud de fórmulas estrictamente militares. Aunque en los últimos meses se han celebrado, al parecer sin éxito, conversaciones semiclandestinas, lo cierto es que desde el 11 de septiembre de 2001 –ese simbólico momento a partir del cual un buen puñado de dirigentes impresentables se ha considerado con carta blanca para hacer lo que venía en gana– el presidente Putin sólo ha colocado sobre la mesa una propuesta en relación con Chechenia: los jueces serán generosos si la resistencia chechena depone las armas. Bien puede apreciarse el hondo calado político del ofrecimiento de Putin…

En estas condiciones uno está obligado a subrayar lo que se antoja evidente: como quiera que Chechenia fue incorporada manu militari al imperio ruso, y de ello no hace mucho tiempo, que el grueso de su población parece firmemente decidida a respaldar un proyecto de independencia y que la reacción que ello ha suscitado en los circuitos oficiales en Moscú ha sido cualquier cosa menos edificante, lo suyo es que se examine seriamente la conveniencia de dejar paso a una fórmula democrática de autodeterminación que –no está de más recordarlo– había sido aceptada ya, en 1996, por las propias autoridades rusas. Invocar sin más el peso de las leyes que los Estados establecen en su provecho, y olvidar los intereses subterráneos –léase petróleo– que guían el terrorífico comportamiento de los dirigentes rusos es dar cuenta de una parte mínima, la más mezquina, de una realidad mucho más compleja.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid 
y colaborador de Bakeaz.

© Carlos Taibo, 2002; © Bakeaz, 2002.
Publicado en El Correo, 12 de noviembre de 2002.

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