La cuenta atrás para el ataque contra Irak ya ha comenzado. La aprobación de la resolución 1441 por parte del Consejo de Seguridad ha dado el pistoletazo de salida de la carrera para desalojar a Sadam Hussein del poder. El consenso de los 15 miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en torno al contenido de dicha resolución no debe interpretarse como un avance de la vía diplomática sobre la militar, como tampoco la teatral aceptación iraquí de la resolución ha acallado los vientos de guerra que soplan en la región. Más bien ha sucedido lo contrario, ya que unos y otros se han enrocado en sus posiciones tradicionales. Ni la administración Bush ha modificado sus planes destinados a promover un cambio de régimen en Bagdad, ni tampoco el régimen iraquí parece dispuesto a renunciar fácilmente a su arsenal de armas de destrucción masiva.

El tono de la resolución 1441 no deja lugar a las dudas: no es una mano tendida a un rival sino un ultimátum dirigido a un enemigo. Una buena prueba de ello es el plazo de 30 días para que el gobierno de Irak presente una declaración completa sobre sus programas de desarrollo de armamento químico, biológico y nuclear, así como de los centros de investigación y producción que serán revisados por los inspectores del Unmovic. El punto 2 reconoce que la resolución es la única alternativa que le queda a Irak para evitar la guerra, al advertir que se trata de “la última oportunidad para cumplir sus obligaciones de desarme”. Por otra parte, se considera que cualquier declaración falsa u omisión y cualquier renuencia a cooperar plenamente constituirá ‘una violación grave más’ de las obligaciones iraquíes.

Aun siendo presentada como una victoria del campo moderado representado por el Departamento de Estado y una derrota de los ‘halcones’ de la administración Bush, lo cierto es que la resolución permite que se reanuden las inspecciones de los arsenales iraquíes y allana el terreno para un posible ataque, aunque no da carta blanca a Estados Unidos para que lo emprenda automáticamente en el caso de que Irak no se desarme. Las azarosas negociaciones han mostrado además el creciente abismo entre la comunidad internacional y la Casa Blanca, ya que gran parte de los esfuerzos desplegados en el curso de las últimas semanas por algunos de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad (China, Francia y Rusia) han ido destinados a contener el unilateralismo norteamericano y moderar el tono belicista de los primeros borradores.

La resolución 1441 es por lo tanto un mero trámite que había que cumplir, pero la sensación generalizada es que la guerra está cada día más cerca. Lo que está en juego no son sólo las reservas energéticas de Oriente Medio, sino también la credibilidad de Estados Unidos como superpotencia mundial, capaz de imponer su voluntad en cualquier lugar del planeta. El objetivo de la próxima guerra, como advertía recientemente el analista saudí Jalid al-Dajil en un importante medio de comunicación árabe, no es otro que “cercar la región de la península Arábiga y del golfo Persa, así como la zona de Siria, con un cinturón de bases militares que se extiendan desde el sur del Golfo hasta el sur de Turquía, desviándose en dirección occidental hasta abarcar Israel. En esta situación, Irak representa el punto de arranque de la estrategia americana”.

Precisamente es esta circunstancia la que más preocupa en el mundo árabe y a la que menos atención se presta en los medios de comunicación occidentales. El control de Irak no implicaría sólo el final de la dictadura ba’zista: sería el primero de una serie de pasos encaminados a redibujar el mapa de la región establecido por los Acuerdos de Sykes-Picot de 1916, que fueron el acta de nacimiento de la mayor parte de los Estados-nación árabes que emergieron tras el fallecimiento del ‘hombre enfermo’ otomano. En este sentido se pronuncia un informe reciente encargado por el Pentágono a RAND, una institución especializada en cuestiones de seguridad, en torno a la futura estrategia americana en Oriente Medio. Dicho informe consideraba que Irak es “el objetivo táctico”, Arabia Saudí “el objetivo estratégico” y Egipto “el gran premio”. Por lo tanto, Irak sólo sería la primera estación de un viaje a ninguna parte de impredecibles consecuencias.

La ‘Estrategia de Seguridad Nacional’ aprobada por la Casa Blanca en septiembre de 2002 sigue a pies juntillas la máxima “o con nosotros o contra nosotros” y especifica que “no se distinguirá entre los terroristas y aquellos que les acogen o les ayudan”. La maniquea división planteada por el presidente Bush entre los ejes del Bien y del Mal, entre el mundo de la Luz y de las Tinieblas, no puede más que generar la susceptibilidad de un mundo árabe que la considera como la piedra angular de un nuevo imperialismo como aquel que sumiese a los árabes a los intereses británicos y franceses durante la primera mitad del siglo XX. El pretexto de luchar contra el terrorismo islámico y frenar la carrera armamentística en la región, así como “extender la paz y fortalecer las sociedades libres y abiertas en todos los continentes”, como reza dicha estrategia, apenas convence a unos pocos y no oculta las evidentes ambiciones imperiales norteamericanas.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2002; © Bakeaz, 2002. Publicado en El Correo, 26 de noviembre de 2002.

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