Los atentados del 11-S implicaron un salto cualitativo en la estrategia de Al-Qaida. Desde entonces su principal objetivo es ‘golpear al enemigo lejano’: exportar el terrorismo yihadista al corazón de la civilización occidental. En uno de los vídeos rescatados de los escombros del piso de Leganés, uno de los suicidas retaba desafiante: «Os mataremos en cualquier lugar y a cualquier hora sin distinguir entre militares o civiles. Nuestros inocentes mueren por miles en Irak. ¿Acaso vuestra sangre es más valiosa que la nuestra? Os golpearemos en vuestra propia casa. Trasladaremos la guerra a vuestras tierras y os quitaremos el sueño». Quedaba claro, pues, que los responsables del 11-M habían asimilado plenamente las enseñanzas de Bin Laden.

Quienes ahora se sientan en el banquillo de los acusados forman parte de la última generación del ‘salafismo yihadista’, un movimiento relativamente reciente que se declara heredero del reformismo religioso salafista, al que incorpora una fuerte dosis de terror yihadista. A la hora de enmarcar adecuadamente este movimiento, es imprescindible recordar que el salafismo surge en las últimas décadas del siglo XIX tras constatar la decadencia sociopolítica en la que se encuentra inmerso el mundo árabe. Intelectuales como Yamal al-Din al-Afgani y Muhammad Abduh se imponen la tarea de purificar el islam y librarlo de una serie de elementos exógenos (imitación, superstición y misticismo) que, en su opinión, lo habían alejado del islam de los ancestros (en árabe, ‘salaf’). No obstante, debe subrayarse que el salafismo pretende, ante todo, conciliar el islam con la modernidad, al contrario de lo que hace el rigorista wahhabismo saudí, que rechaza toda innovación por considerarla ajena al islam.

En 1928 surgen en Egipto los Hermanos Musulmanes, organización de inspiración salafista que emprende una ambiciosa campaña de reislamización de la sociedad. No obstante, la vocación social y religiosa de la Hermandad se altera tras el ascenso al poder de los Oficiales Libres y a consecuencia de las medidas represivas de Gamal Abdel Naser, que veía en el movimiento islamista un obstáculo que podía frenar su proyecto panarabista. Como resultado de esta persecución, los Hermanos Musulmanes radicalizaron su discurso, como muestra la evolución de su ideólogo Sayyid Qutb. En su obra ‘Hitos del camino’, escrita por entero en la prisión, incide en dos ideas que van a ejercer una influencia decisiva en la deriva yihadista. En primer lugar, acusa a las sociedades musulmanas de apostasía por considerar que han abrazado el paganismo. En segundo lugar, considera que es obligación de los gobernantes aplicar la ley islámica (en árabe, ‘sharia’) y reforzar la moralidad (‘ajlaq’). Según este planteamiento, «mientras los gobernantes se entreguen a la creación de una sociedad justa, hay que obedecerlos, pero si dejan de hacerlo, el deber de obediencia desaparece». Tras ser acusado de participar en un intento de golpe de Estado, Qutb fue ahorcado en 1966.

El irredentismo que Sayyid Qutb preconiza va a ser tan determinante en la irrupción del salafismo yihadista como otros dos acontecimientos. El primero de ellos es la ocupación soviética de Afganistán, que genera una amplia movilización de ‘muyahadin’ en el mundo árabe, generosamente financiada por Arabia Saudí, que, con el visto bueno de la Administración de Reagan, llena de petrodólares los bolsillos de los entonces denominados ‘combatientes por la libertad’ que pretenden, y finalmente logran, derrotar a la Unión Soviética, foco de expansión del ‘ateísmo materialista’. El segundo de ellos es la invasión iraquí del emirato de Kuwait, que allana el camino para el establecimiento de varias bases militares norteamericanas en Arabia Saudí, lo que es considerado por Bin Laden una profanación de la sagrada tierra del islam. Este hecho es respondido con una sangrienta campaña de atentados contra intereses americanos en Riad, Jobar, Nairobi, Dar al-Salam y Adén. La doctrina de ‘golpear al enemigo lejano’, o llevar el ‘yihad’ a ‘la tierra del Cruzados’, exigía, como corolario, la destrucción ritual de uno de los símbolos del poderío del ‘Imperio del Mal’: las Torres Gemelas.

De hecho, los atentados del 11-M pretenden emular los del 11-S. Al reivindicar el atentado se afirma: «Comunicamos nuestra responsabilidad del ataque que sacudió Madrid. Después de dos años y medio de las benditas incursiones de Nueva York y Washington, estamos respondiendo a vuestra alianza con las organizaciones de la criminalidad mundial, las de Bush y sus seguidores en matar a nuestros hijos y hermanos, en Irak y Afganistán. Hoy sufrís la muerte en vuestras tierras, y todavía os guardamos más, si Dios quiere». La fascinación por el 11-S se manifiesta en varios detalles del 11-M: en ambos casos se eligió la primera hora de la mañana, se buscó la espectacularidad, hubo un elevado número de víctimas, las explosiones fueron encadenadas, se eligió un medio de transporte (cuatro trenes en Madrid y cuatro aviones en Estados Unidos) y, por último, el 11-M tuvo lugar dos años y medio (911 días) más tarde.

Es evidente que el salafismo yihadista ha registrado profundas transformaciones en el curso del último lustro. Quizás la más significativa sea su adaptación a los nuevos tiempos, marcados por una intensa cooperación antiterrorista internacional. Así hemos asistido a un proceso de ‘indigenización’, en el curso del cual los elementos radicales de las propias comunidades inmigrantes del continente europeo han asumido la misión de ‘golpear al enemigo lejano’. Como en el 7-J londinense, ninguno de los presuntos terroristas que ahora juzga la Audiencia Nacional ha viajado a Afganistán ni ha pisado los campamentos de Al-Qaida; ninguno de ellos, por lo tanto, ha conocido a Osama Bin Laden ni ha sido adiestrado por sus lugartenientes. Estos pequeños grupúsculos surgidos a modo de franquicias en el seno de la inmigración magrebí emulan a Al-Qaida y adoptan sus tácticas terroristas, aunque ello no implica su dependencia de la dirección de dicho movimiento.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos 
de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz.

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2007; © Bakeaz, 2007.
Publicado en El Correo, 4 de marzo de 2007.

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