La tortuosa aprobación de una tregua de tres meses por parte de las principales organizaciones palestinas ha proporcionado un soplo de aire fresco al alicaído proceso de paz en Oriente Medio. Tras 33 meses de hostilidades, un rayo de esperanza se dibuja en el horizonte. El motivo es que, por primera vez en mucho tiempo, la mayor parte de los grupos palestinos, independientemente de su inclinación política, han percibido que estamos ante un momento histórico en el cual se puede estar jugando el destino de la cuestión palestina. Al igual que ocurriera en 1991 cuando tras la guerra del Golfo se convocó la Conferencia de Paz de Madrid, las negociaciones israelo-palestinas podrían reanudarse tras la deposición de Sadam Hussein y la ocupación del país por las fuerzas angloamericanas.

Para comprender el paso dado en toda su complejidad, es imprescindible enmarcar adecuadamente esta tregua. La Hoja de Ruta, auspiciada por el Cuarteto en el que, además de Estados Unidos, están representados la Unión Europea, la Federación Rusa y las Naciones Unidas, prevé la creación de un Estado palestino soberano e independiente a lo más tardar a finales del año 2005. Con este objeto plantea una serie de medidas concretas por parte de palestinos e israelíes encaminadas a crear un clima de confianza entre las partes. A los palestinos les exige, como primer paso, que interrumpan inmediatamente la Intifada y con ella todos los ataques contra objetivos militares y civiles, tanto en el interior de Israel como en los territorios ocupados. Como contraprestación, el gobierno israelí debería dejar de sembrar el territorio palestino de asentamientos de colonos y permitir que la Autoridad Palestina, una vez que Arafat ha sido relegado a un segundo plano, reanude sus actividades.

Evidentemente la Hoja de Ruta no es la mejor de las opciones existentes, pero también es cierto que es la única alternativa posible en un momento en que la frustración de ambas partes es patente. Quizás la verdadera importancia de la Hoja de Ruta resida en su claridad a la hora de hablar de un Estado palestino, aunque sin unas fronteras todavía definidas, y también de los mecanismos previstos para establecerlo. La clave para que este proyecto arranque es que los grupos palestinos satisfagan la principal, que no única, reclamación israelí: que frenen la Intifada y pongan fin a los atentados suicidas, objetivo al cual parece consagrado el primer ministro palestino Abu Mazen y que le está generando numerosos quebraderos de cabeza. Estos pasos son imprescindibles para que también el gobierno de Sharon sea presionado por la comunidad internacional para que satisfaga sus compromisos y ponga fin a su política de ‘hechos consumados’ a la que tanto beneficia la violencia de las organizaciones armadas palestinas.

La tregua evidencia que el conflicto israelo-palestino tiene una dimensión securitaria, pero también una política, y no es posible avanzar en el proceso de paz sin tener en cuenta ambas, tal y como viene defendiendo la Unión Europea en los últimos meses. Por eso es particularmente importante que esta tregua se haya alcanzado por medio de la negociación y no de la represión. Las organizaciones islamistas –particularmente Hamas– gozan de una gran popularidad en la calle palestina, que desborda el ámbito político. Esto se debe esencialmente a que presta todo tipo de servicios sociales gracias a la red de ambulatorios, hospitales, jardines de infancia, colegios, institutos y universidades que financia, sumamente importantes en momentos críticos como el que actualmente vive la sociedad palestina, principal perjudicada por más de dos años y medio de asedio israelí.

La islamización progresiva de la política palestina es más que evidente. El término elegido para la tregua es ‘hudna’, una palabra árabe que se suele traducir como “calma” y “paz”, pero con un alto contenido religioso, ya que la ‘hudna’ se refiere particularmente a un acuerdo de paz entre dos partes enfrentadas para detener las hostilidades. El Corán (8-62 y 9-1) dice que la tregua está permitida, incluso cuando sea desfavorable para los intereses de los musulmanes, como medio para poner freno al conflicto entre el Islam y el resto del mundo.

Lo que es novedoso e ilustrativo es que, en lugar de la vía represiva como solicitaban Israel y Estados Unidos, el primer ministro palestino Abu Mazen se haya decantado por la vía de la negociación y haya sido sensible a las posiciones de estos grupos islamistas ofreciéndoles, en lugar del ‘palo’, la ‘zanahoria’ de la ‘hudna’, una fórmula aceptable para Hamas y sus seguidores. De esta manera se puede haber abierto una puerta para el diálogo y el consenso, indispensables a la hora de salvaguardar futuros compromisos en torno a otros asuntos mucho más espinosos como el futuro de Jerusalén, el destino de los asentamientos y las fronteras del Estado palestino, asuntos que se empezarán a debatir en el curso de los próximos meses si es que la Hoja de Ruta continúa su camino.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es autor del libro ‘El miedo a la paz. De la guerra de los Seis Días a la segunda Intifada’ (Madrid, 2001) y coeditor de ‘España y la cuestión palestina’ (Madrid, 2003).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 16 de julio de 2003.

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