Las recientes visitas de los primeros ministros palestino Abu Mazen e israelí Ariel Sharon a la Casa Blanca han evidenciado que la Hoja de Ruta, aunque a trancas y barrancas, ha comenzado a dar sus primeros pasos. Gracias a ello, israelíes y palestinos empiezan a alejarse de la retórica de la violencia y, tímidamente, se acercan a la mesa de negociaciones.

El alto el fuego de tres meses anunciado por las organizaciones armadas palestinas es la carta de presentación de Abu Mazen. En respuesta, el gobierno Sharon también ha movido ficha, como prueba el anuncio de liberación de más de 400 presos palestinos. A pesar de estos esperanzadores signos, un obstáculo nada despreciable parece ahora dificultar la reanudación de las negociaciones y poner en peligro los logros alcanzados en el curso de las últimas semanas. Se trata de lo que los israelíes han denominado el Muro Defensivo: una inmensa muralla de más de 600 kilómetros que separará Israel de los territorios palestinos.

El asunto no es ni mucho menos novedoso. La parte palestina viene advirtiendo de la gravedad del problema desde hace más de un año, cuando comenzaron los trabajos de construcción del primer tramo de 157 kilómetros. La alarma saltó porque este muro, lejos de buscar el objetivo declarado por Israel de evitar los atentados terroristas, persigue la anexión de facto de más de un 15% del territorio palestino. En lugar de seguir la Línea Verde, que marca la frontera oficiosa de Israel reconocida por la comunidad internacional desde los armisticios de Rodas de 1949, las autoridades israelíes han decidido imponer, por su cuenta y riesgo, las nuevas fronteras del Estado y, de paso, anexionar una parte nada desdeñable del territorio palestino, todo ello con el argumento, por otra parte nada novedoso, de salvaguardar la sacrosanta seguridad de Israel.

¿Cuál ha sido la actitud de la comunidad internacional ante esta decisión, que supone una clara violación del derecho internacional y de la Cuarta Convención de Ginebra? Como era de esperar, la respuesta de la Administración norteamericana ha sido tardía y esquiva. El presidente Bush señaló al respecto que el asunto es un “problema, ya que es difícil desarrollar confianza entre israelíes y palestinos cuando hay una valla de por medio”. Tampoco la Unión Europea parece tomarse en serio este peligroso muro, que, lejos de constituir un mero “problema”, podría hacer la reconciliación israelo-palestina prácticamente imposible, dado que vacía las negociaciones de paz de su contenido, al anexionar Israel, de manera unilateral, parte del territorio teóricamente sujeto de negociación.

Una vez más, el lenguaje vuelve a ser perverso. El término Muro Defensivo parece aludir únicamente a la necesidad de Israel de prevenir ataques armados provenientes de los territorios palestinos. Como otros tantos términos (operaciones quirúrgicas, daños colaterales, asesinatos selectivos, liberación de Irak…, por mencionar tan sólo unos ejemplos), aceptados sin la menor crítica, es, sin embargo, engañoso. Es esclarecedor conocer la percepción palestina sobre el problema. Los palestinos prefieren denominarlo “el muro del ‘apartheid’”, es decir, el muro de la separación total entre israelíes y palestinos. Una muralla infranqueable que, según un campesino palestino, “será el principio de nuestra pesadilla y nos convertirá en prisioneros”. O lo que es lo mismo: un nuevo hecho consumado que contribuirá a dificultar aún más la creación de un Estado palestino viable, soberano y con continuidad territorial plena entre todos los territorios de Cisjordania y Gaza.

Los efectos de la construcción de dicho muro ya pueden observarse sobre el terreno. En su primer trazado ha dejado aisladas a varias localidades palestinas, que han quedado, por obra y gracia de la última demostración de fuerza israelí, atrapadas en una zona militar cerrada e incomunicadas de los territorios palestinos circundantes. En el caso de la norteña ciudad de Qalqilia, el asunto es más grave, porque las autoridades israelíes han decomisado cerca del 55% del territorio de cultivo en torno a la ciudad, del cual viven gran parte de sus pobladores. No por casualidad las zonas expropiadas se sitúan sobre uno de los principales acuíferos de Cisjordania que Israel viene utilizando ilegalmente desde que ocupara el territorio en 1967.

La preocupación palestina contrasta con la satisfacción israelí. Una mayoría de los israelíes consideran que este muro contribuirá a frenar los atentados terroristas y que, al mismo tiempo, favorecerá la irrupción de un Estado palestino independiente. Esta suposición es compartida tanto por simpatizantes del Likud como del Partido Laborista, que consideran como una condición ‘sine qua non’ para que el proceso avance la total separación entre israelíes y palestinos, y descartan, por lo tanto, cualquier solución basada en la coexistencia pacífica entre ambos pueblos.

De lo que no cabe duda es de que la construcción de un muro de 600 kilómetros, además del elevado coste que representaría para las arcas israelíes –se calcula que costará un total de 1.200 millones de dólares–, en un momento sumamente delicado para la economía del país, supondría un golpe mortal para las aspiraciones nacionales palestinas. Para conocer el verdadero alcance del muro no está de más citar al historiador israelí Ilan Pappé, que advertía premonitoriamente hace ya un año de que, con la construcción del muro, “Palestina –la entidad geopolítica por la que ha estado luchando la OLP– estará probablemente perdida, pues la valla completará virtualmente el proceso que comenzó el movimiento sionista en 1882 y que ha sido proseguido por Israel desde 1948: el proceso de desarabización de la tierra de Palestina, puesto en práctica hasta el momento mediante la colonización, la expropiación y la expulsión”.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos 
de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. 
Es editor del ‘Informe sobre el conflicto de Palestina’ (Madrid, Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2003) y coeditor junto con Isaías Barreñada de ‘España y la cuestión palestina’ (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2003).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 5 de agosto de 2003.

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