La reciente detención por orden del juez Baltasar Garzón de Taysir Aluni, uno de los más destacados periodistas árabes, bajo la acusación de mantener vínculos con Al-Qaeda, ha colocado una vez más a Al-Yazira en el ojo del huracán. Este controvertido canal fundado en 1996 ha conseguido ganarse en poco tiempo los favores del gran público gracias a su apuesta por una televisión plural y abierta, algo inédito en el contexto mediático árabe, caracterizado por el control, la manipulación y la censura. Para comprender la importancia del fenómeno Al-Yazira hay que tener en cuenta que, como señalara agudamente Said Aburish, “los árabes prestan a la política la misma atención que los europeos al fútbol”. Esta circunstancia explica que Al-Yazira se haya convertido en el canal preferido de más de 40 millones de personas y sea considerado por algunos como el principal elemento de cohesión del fracturado mundo árabe.

Sus seguidores valoran ante todo la agilidad de los programas y la profesionalidad de los periodistas, pero también que aporten una lectura árabe de los acontecimientos, al contrario de la CNN, concebida para un público occidental. Además Al-Yazira es la antítesis del modelo televisivo tradicional árabe: una interminable sucesión de melosas telenovelas, insulsos telediarios y áridos programas de variedades en una cascada monótona que más que informar pretende ante todo anestesiar las conciencias.

El lema del canal árabe es toda una declaración de principios: “la opinión y la otra opinión”, en una clara alusión a que se intenta dar cabida tanto a los planteamientos oficiales como a las voces disidentes en un diálogo entrecruzado totalmente inédito en la escena mediática árabe. Uno de sus principales activos y responsable del programa ‘La dirección opuesta’, Faisal Al-Qasem, considera al respecto que “es imprescindible dar cabida al posicionamiento de los disidentes que durante prácticamente medio siglo han sido condenados al silencio […]. Una de las causas principales del retraso árabe es la ausencia de libertad de expresión”.

La apuesta de su promotor, el emir qatarí Hamad Jalifa, es todo menos novedosa, ya que en los años cincuenta el ‘rais’ egipcio Gamal Abdel Naser ya percibió la importancia del empleo de una caja de resonancia para su discurso panarabista a través de las ondas de radio de la emisora Sawt Al-‘Arab (La voz de los árabes), que llegaba a la mayor parte del mundo árabe. Más recientemente los príncipes saudíes han apadrinado el proyecto de canal satélite MBC, mientras que Rifa’a Al-Asad, tío del actual presidente sirio, financia la ANN, que emite desde Londres.

Quizás el mayor mérito del emir Jalifa haya sido el de salvaguardar la independencia de la cadena, pese a las reiteradas presiones para amordazar a sus periodistas y modificar su línea editorial. Algo bueno debe de tener esta cadena si logra enfurecer al mismo tiempo a las petromonarquías del Golfo, a los generales argelinos, al dictador Sadam Hussein y a la Administración de Bush. De hecho, todos ellos han intentado presionar de una u otra manera a Al-Yazira. Las reacciones han sido de lo más variado: en su día Libia retiró su embajador en Doha; Túnez o Irak, por mencionar sólo algunos ejemplos, protestaron ante el Ministerio de Asuntos Exteriores qatarí; Jordania y Kuwait decidieron cerrar las delegaciones de Al-Yazira en su territorio; Argelia optó por cortar la electricidad de una parte del país para evitar que se viera uno de sus programas; mientras Arabia Saudí recomendó a sus empresarios retirar sus campañas publicitarias de la cadena.

Lo verdaderamente significativo es que Al-Yazira ha adoptado el modelo de la CNN y que en algo más de un lustro se ha hecho con una respetabilidad fuera de lo común más allá del mundo árabe, a pesar de los furibundos ataques de los que ha sido objeto, llegando a retransmitir en directo las guerras de Afganistán e Irak. La Administración de Bush la acusó de ser “el canal de Bin Laden” por haber emitido los comunicados del disidente saudí, y bombardeó sus oficinas tanto en Kabul como en Bagdad. No por casualidad Al-Yazira ha retransmitido el día a día de la posguerra iraquí con su incesante goteo de víctimas en las filas norteamericanas, consiguiendo aportar algo de luz frente a la opacidad informativa del Pentágono. Sólo echando un rápido vistazo a sus detractores se aprecia que la lucha de la cadena Al-Yazira no guarda, como algunos pretenden, excesivos paralelismos con la pseudo-‘yihad’ de Osama Bin Laden ni con el proyecto de supremacía tribal liderado por Sadam Hussein. Su lucha, como recuerda el periodista sirio Al-Qasem, está más bien relacionada con la necesidad de que un día, “gracias a la prensa libre, emerja la democracia en el mundo árabe”.

Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz. Es editor de los libros ‘Informe del conflicto de Palestina. De los Acuerdos de Oslo a la Hoja de Ruta’ (Madrid, 2003) y ‘España y la cuestión palestina’ (Madrid, 2003).

© Ignacio Álvarez-Ossorio, 2003; © Bakeaz, 2003.
Publicado en El Correo, 24 de septiembre de 2003.

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