El 30 de enero, aniversario del asesinato de Gandhi, es considerado como el día internacional de la no violencia, con especial incidencia en su vertiente educativa. Las líneas que siguen pretenden ser no sólo un recordatorio de este día, sino aliento para un trabajo por la paz que, evidentemente, debe ser constante y expresado en múltiples ámbitos que se interrelacionen entre sí.
Podría decirse que la alternativa no violenta se construye en la interacción dialéctica entre instituciones que la expresan y la potencian, y personas que la viven y la expanden. En concreto, por lo que se refiere a estas últimas, se insiste con razón en que resulta decisivo que se trate de personas con fuertes convicciones y disposiciones interiorizadas a favor de la paz. Esto lo estamos traduciendo con frecuencia en que es necesario ‘educar en valores/actitudes’. Pienso, con todo, que hay una categoría tradicional en la ética que puede expresar mejor lo que se pretende y orientar convenientemente en vistas a su consecución. Me refiero a las virtudes.
Quien trata de educar en las virtudes no está atento únicamente a las acciones que deben realizarse, se centra más bien en el agente que las llevará a cabo; no sólo pretende proporcionar a este agente referencias morales para que tome las decisiones oportunas, pretende ayudarle a que construya disposiciones internas sólidas hacia el bien; ni presta únicamente atención a la argumentación racional, sino que destaca con vigor el mundo de los sentimientos morales, para cultivar los que realmente son adecuados. Teniendo presente el carácter de las personas y el contexto en que viven, intenta ayudarlas a que, a través de la práctica, creen hábitos que, plenificándolas a ellas, supongan modos de relación con los demás que les ayudan también a construir su humanidad. Y eso lo hace no sólo por la vía argumentativa, sino especialmente por la vía narrativa que muestra atractivamente encarnaciones concretas de ese ideal. Lo que, por supuesto, le pide a él coherencia vital con lo que dice pretender. Por último, no trata de educar en virtudes aisladamente. Entendiendo que una virtud clarifica su contenido y se fortalece cuando entra en relación con las otras, propone un horizonte de realización en el que las grandes virtudes se entrelazan, en el que la apuesta por una virtud es apuesta por todas ellas.
Cuando alguien ha adquirido en niveles suficientes un hábito en estas condiciones, no sólo hace el bien con facilidad, lo hace con gusto. La virtud pasa a ser una fuerza (’virtus’ en latín), que realiza la excelencia (‘areté’ en griego). En nuestro caso, una persona así se muestra como persona pacificada, que a su vez se siente empujada a compromisos firmes y exigentes contra la violencia y por la paz plena, que no son ya percibidos como mero deber sino como prolongación de lo que uno siente de verdad que es.
Cabe preguntarse, de todos modos, qué virtudes pueden ser más relevantes pensando en el objetivo de la paz y la no violencia. De cara a ello puede ser útil la distinción que suele establecerse entre virtudes cívicas y virtudes privadas. Las primeras pueden definirse como los hábitos y disposiciones que es relevante que tengan los ciudadanos para que se afiancen los referentes morales fundamentales que sostienen la ciudadanía democrática, esto es, la igualdad y la libertad. Precisamente por la universalidad de éstos, resulta claro que una educación en las virtudes que los apoyan puede, mejor, debe plantearse de modo generalizado. Entre ellas cabe citar la justicia, la solidaridad, la tolerancia, la dialogalidad, la responsabilidad social, la obediencia crítica a las leyes (al tener que discernirse las que merecen ser obedecidas, cabe la desobediencia civil). Fijémonos en que no se trata aquí de afirmar un mero principio –por ejemplo, el de tolerancia–, sino de crear un hábito –en este caso de tolerancia–. Debería quedar claro que la educación para la paz tiene que cultivar todas estas virtudes.
Respecto a las virtudes que pueden considerarse privadas, se presupone que se orientan más hacia la autorrealización personal, que desde nuestra libertad podemos diseñar de modos diferentes. Se puede postular a partir de ahí que el cultivo de las mismas está condicionado a ese proyecto de realización. Con todo, la frontera privadas/cívicas no es nítida. Virtudes que podrían parecernos privadas muestran un lado público, en la medida en que son muy importantes para lograr objetivos cívicos como es el de la paz. En efecto, si ciertas de esas virtudes nos hacen internamente personas pacificadas, potenciarán el que trabajemos más eficaz y coherentemente por la paz social. Pensemos en virtudes como la serenidad, la paciencia, la constancia, la fortaleza-valentía, la mansedumbre, la compasión-empatía, etc. Vividas adecuadamente, en conexión con las virtudes públicas, y sin encerrarse en sí mismo, mejoran decididamente el compromiso a favor esa paz social. Por eso, precisamente, deben ser también tenidas en cuenta en la educación para la paz.
Cuando hablo de paz estoy pensando en una concepción compleja de ésta, la que es alternativa no sólo a la violencia directa, sino también a la violencia estructural, a la que quebrantando los derechos sociales y expresándose como injusticia social está generando una destrucción fortísima, aunque al ser ‘silenciosa’ tiende a pasar desapercibida –cómoda e interesadamente desapercibida para quienes no la sufrimos–. La vía de las virtudes resulta eficaz para esta paz compleja, por tanto, para afrontar ambas violencias. De todos modos, voy a esbozar aquí un pequeño apunte ejemplificador en torno a la educación para la paz confrontada con una violencia directa específica: la de ETA y sus ramificaciones. Una manera relevante de abordarla es cultivando virtudes como: la tolerancia que discierne adecuadamente lo intolerable de esa violencia; la compasión-empatía con sus víctimas que, centrada en la dignidad de éstas, elimina todo rasgo paternalista; la valentía que nos ayuda a asumir los riesgos del compromiso por la paz; la mansedumbre que se expresa como vigor apacible que trata de hacer el bien en el respeto al otro, sin causarle sufrimiento (la no violencia, en definitiva), etc.
Adelanté que la paz y la no violencia se construyen a partir de la interrelación entre lo institucional y lo personal. Lo institucional en sentido político (instituciones firmemente democráticas), pero también en sentido educativo. Respecto a esto último, no basta resaltar que los educadores debemos empeñarnos en ser educadores en virtudes. Tanto desde la Administración pública como desde la sociedad civil, en espíritu de cooperación crítica, es fundamental que creemos esos proyectos y organizaciones que, por la fuerza de la institución, ayuden a los educadores a que puedan ser educadores por la paz. El aniversario del asesinato de Gandhi puede ser una buena ocasión para recordárnoslo y para impulsarlo.
Xabier Etxeberria es catedrático de Ética en la Universidad de Deusto y miembro de Bakeaz.
© Xabier Etxeberria, 2004; © Bakeaz, 2004.
Publicado en El Correo, 30 de enero de 2004.